LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑO (Vol. 2)

No hay momento más dramático en la vida de un niño que cuando recibe la noticia de que va a tener un hermano. En mi caso no fue exactamente así, ya que cuando nací, mi hermana ya existía. Todos los adultos se compadecen del pobre niño que sufre porque ha tenido un hermanito y ya no le prestan tanta atención como antes. Pero los hermanos pequeños también merecemos la compasión adulta… a los hechos me remito.

Hoy, en “la gran responsabilidad de ser niños”, mis descubrimientos y decisiones condicionados por Sonia, mi hermana:

– Cuando comprendí la estrecha relación entre los celos y el odio.

Bueno, vale, tenía una hermana mayor y eso era inevitable, porque ella había nacido antes que yo. Pero eso no significaba que tuviera que quererla.

Recuerdo aquella vez en que mi hermana, corriendo por el salón, se estampó contra una puerta de cristal, a la que hizo un enorme agujero con la cabeza. Yo me eché a llorar porque me daba miedo que un ladrón entrara por el agujero esa misma noche. Por cierto, a mi hermana no le pasó nada.

Sonia sacaba buenísimas notas y, como fuimos al mismo colegio, pasé toda mi infancia escuchando de los profesores aquello de “Vaya, Fiteni, imagino que serás hermana de Sonia… pues a ver si eres tan aplicadita como ella” (aplicadita… es que vaya palabra. Normal que no quieras a tu hermana cuando la definen como aplicadita).

Mi hermana hacía otras cosas como comprarse una bolsa de chucherías y mordisquear una de ellas durante siglos, tiempo en el que a mí me había dado tiempo a acabarme mi bolsa y volver a tener hambre. Luego, ella guardaba el resto de gominolas en un cajón y aseguraba que “eran para luego”. Ese “para luego” nunca llegaba, así que yo le pedía que me diera una. Siempre me respondía que no, que yo tenía las mías y había decidido comérmelas porque era una ansiosa. Todos decían que si Sonia había decidido guardar sus golosinas, eran suyas y podía hacer lo que quisiera. Finalmente, la bosa acababa 4 meses después en el cubo de la basura.

La psicóloga del colegio -una señora muy rara, que nos obligaba a decidir si queríamos más a nuestro padre o a nuestra madre (y no valía decir que a los dos o que a ninguno)- nos reveló a mis padres y a mí que tenía un problema de celos con mi hermana. Nos fuimos los tres indignadísimos a casa. Mi hermana lo hacía todo mejor que yo, pero eso no significaba nada. NADA.

 

– Cuando comprendí la estrecha relación entre los celos y el amor.

Una tarde, volviendo del colegio, Sonia llevaba un carrito de esos de humillada para llevar los libros de texto. Una chica mayor (en años y estatura) le pisó el carrito y le dijo “Tú, dientes de conejo, ¿a dónde vas tan rápido?”.

Era cierto que mi hermana no me caía muy bien, que llevaba un carrito ridículo y que, además, tenía dientes de conejo. Pero eso no le daba derecho a esa idiota a decirle nada. Sentí que debía protegerla, que yo era su única salvación y que, si no hacía nada, mi hermana no volvería a casa jamás. Así que saqué mi mejor voz de pito y le dije “Eh, tú, gorda, deja en paz a mi hermana”.

Bien. Acaba de insultar a una chica que me sacaba 7 cabezas (eso tampoco era difícil porque yo soy era enana) y todo apuntaba a que iba a morir en ese preciso instante. Entonces se produjo el milagro: el semáforo en el que estábamos paradas se puso en verde, la chica soltó el carrito y comenzó a caminar.

– Gracias -dijo mi hermana.

-Es que te quiero mucho – contesté yo.

(creo que esta última conversación no se produjo en realidad, pero la he puesto para que pilléis la moraleja).

 

–  Cuando comprendí que no todos los sacrificios tienen su recompensa.

En una de nuestras continuas visitas al dentista -Sonia tenía los dientes de conejo, pero yo tenía los colmillos a 3 palmos de su sitio-, la doctora nos dio un calendario a cada una. En cada día del calendario, había una perita muy mona dibujada que sólo podíamos colorear si nos lavábamos los dientes cada noche. Tiene más sentido que la perita fuera una muela, pero yo la recuerdo como una perita feliz y con un cepillo de dientes en la mano.

Para mi hermana era fácil: se lavaba los dientes, se enjuagaba con flúor, coloreaba su perita y se metía en la cama. Yo, en cambio, sentía un cansancio terrible cuando llegaba el momento de lavarme los dientes, así que trataba de convencer a mi madre de que me dejara colorear la pera sin hacer mis deberes del dentista. Como no hubo manera, decidí que en realidad una puta pera tampoco merecía tanto sacrificio, así que mi calendario se quedó blanquito.

Además, nos dio igual tanto a la una como la otra, porque con 10 años ya teníamos todas las muelas de la boca empastadas. Yo recordaba aquellos capítulos de mi hermana con la bolsa de chucherías y pensaba “vaya, vaya, vaya … ¿a quién ha castigado por egoísta esta vez el Niño Jesús?”

 

– Cuando decidí que con imaginación la vida es más bonita

Sonia y yo dormíamos en la misma habitación. Aparentemente teníamos miedo a la oscuridad, así que nos dejaban la luz del pasillo encendida. A mí me encantaba porque, dependiendo de la cantidad de luz que entrara en el cuarto, se proyectaban distintas sombras en el techo. Jugábamos a decir a qué se parecía cada sombra hasta que una noche vimos a… PETER PAN.

No es que se pareciera a Peter Pan, no. Es que ERA Peter Pan. Yo entré en pánico (es que, además, Peter Pan no tiene sombra. Bueno sí, porque estaba en mi habitación), así que llamé a mi abuela y me llevó con ella al salón hasta que me dormí en el sofá.

Pues bien, mi hermana dice que no recuerda nada de ver a Peter Pan. Es más, no le suena de nada lo de que jugáramos a las sombras. Tampoco está segura de que dejáramos la luz del pasillo encendida. Sólo le falta decir que ella no es mi hermana.

 

– Cuando comprendí que nunca sería un ser vengativo

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Mamá, Sonia nunca quiere jugar conmigo -yo lloraba.

– Haz una cosa, el día (hipotético) que Sonia quiere jugar, ¡pues tú le dices que no!

– No, no, no. El día que ella quiera jugar, le digo que sí.

 

*Sonia está un poco asustada por si pensáis que era una niña repelente con dientes de conejo. A ver, lo era, pero ahora es lo más y tiene los dientes preciosos.

LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑO (Vol.1)

Estos días ando trabajando como jurado de un concurso para niños de Cambridge University Press y me ha dado por pensar en este bonito momento de la vida. Bonito, pero difícil.

Y es que los niños deberían preocuparse únicamente de ser niños pero, sin darse cuenta, es durante esta tierna y dulce etapa cuando realizan los hallazgos más insólitos sobre sí mismos y toman algunas de las decisiones más relevantes de su existencia.

Yo me he dado una vuelta por mis años de niñez y he descubierto impactantes hitos que marcarían para siempre mi forma de ser…

– Cuando decidí sacarme el carné de conducir.

Ésta es una decisión que suele tomarse a la mayoría de edad, momento en que uno empieza a valorar su independencia y libertad. Sin embargo, yo no tenía más de 6 años cuando supe que el carnet de conducir sería la solución al mayor de mis problemas: EL MAREO.

Me mareaba en cualquier viaje, corto o largo; es más, ya comenzaba a sentir los síntomas por la noche, pensando que al día siguiente tenía que viajar. Una vez, vomité en el garaje y mis padres me explicaron un concepto: la sugestión. Decían que, cuando tenía que viajar, yo me sugestionaba y por eso me mareaba, pero yo no los escuché mucho porque estaba contando las bolsas que me quedaban para el resto del viaje.

Las excursiones del colegio eran mucho peores. Al fin y al cabo, mis padres me querían y habían aceptado que tenían una hija sugestionada que nunca había conseguido salir de Madrid sin vomitar. Pero mis compañeros no eran tan benevolentes. Ninguno quería sentarse conmigo, así que yo me sentaba en primera fila, detrás del conductor y al lado de la profesora -muchas veces después de haber vomitado por primera vez, a escondidas, tras oler el apestoso tufo del autobús-. Cuando sacaba la primera bolsa, la profesora, solía compadecerse de mí y hacía lo imposible por tratar de distraerme y/o ayudarme, pero yo siempre le contestaba “estoy bien, tranquila, ya estoy acostumbrada”.

Como todavía no tenía edad para conducir el autobús del demonio, opté por una solución más sencilla. Cuando nos informaban de que haríamos una nueva excursión con el colegio, yo siempre procedía de la misma manera:

– Papá, ¿cuánto se tarda en llegar a Torrelaguna? -las excursiones del cole eran UN DESFASE-.

– Una hora, más o menos.

– Vale, mañana tenemos excursión a Torrelaguna, pero no voy a ir.

Es que lo probé todo. Llegué a hacer un viaje con una aspirina en el ombligo; un bote de colonia en una mano; un limón en la otra; una cuerdecita saliendo del coche y tocando el asfalto; un chicle; música de La Década Prodigiosa a todo trapo; una biodramina en la boca y otra en el culo*. Pero nada, era inútil, así que mis viajes siempre acababan de la misma manera:

– Mamá, ¿falta mucho?

– Un ratito -daba igual lo que faltara, ella siempre contestaba “un ratito”.

– Vale, bolsa.

*¿Alguna vez os han puesto un supositorio? ¿Cuántos segundos transcurrieron desde que os lo pusieron -con la prohibición expresa de hacer caca- hasta que os saltasteis la prohibición? Abro debate.

 

– Cuando comprendí que las mentiras no llevan a ningún sitio.

En clase de gimnasia, la profesora nos contó que íbamos a hacer un nuevo ejercicio: LA CAMPANA. Puede que no sepáis lo que es hacer la campana, porque es bastante probable que la profesora se lo inventara para matarnos a todos, sobre todo a mí, ya que me tocó como pareja una de las niñas más fuertecitas de la clase (yo era la menos fuertecita).

A continuación, os presento un esquema de la maldita campana:

DolorMi compañera y yo tratamos de ensayar un par de veces, pero cuando noté un ligero aplastamiento en las vértebras, me asusté. Entonces, elaboré un complejo plan que consistía en fingir un esguince.

Mi madre me llevó al médico, quien debió de percibir mi agobio porque, tras tocarme el tobillo y escucharme un par de veces exclamar “ay, ay”, me diagnosticó un esquince, sin hacerme radiografía ni nada. Me pusieron una venda de esas que se pegan a la piel como el huevo a una sartén antiadherente.

Todo marchaba según mi plan, hasta que una noche descubrí en la ducha unas pequeñas ampollas en la piel. Al día siguiente, las ampollitas ocupaban el 98 % de mi cuerpo: tenía varicela.

Llegó el momento de quitarme la venda y reventarme todas las ampollas de la pierna -tarea que me llevó 8 días-.Además, había calculado mal mi baja por esguince y en la evulación final me tocó hacer la campana. Pensé que aquello era una especie de sanción por haber mentido –karma, ¿os acordáis?-, aunque mi abuela prefirió llamarlo “te ha castigado el Niño Jesús”.

 

Próximamente, segundo episodio de LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑOS. ¡Permanezacan atentos!

 

EL NOBLE ARTE DE SABER DECIR “NO”

Hola, me llamo Belén y tengo cara de no saber decir no. Lo sé porque soy el ser humano al que más veces paran por la calle esas simpáticas personas que se dedican a parar gente por la calle con diferentes estrategias y un solo propósito: dinero.

Puedo ser víctima del “¿Tienes 10 segunditos? Es sólo escuchar” unas 4 veces por cada calle recorrida. A veces me paran incluso dos personas del mismo equipo.

Os diría que, lejos de lo que refleja mi expresión facial, domino a la perfección el arte de decir no. Pero es mentira. Soy nula. Y ellos lo saben. Por eso juegan tan bien sus cartas.

Un día, caminando por la calle Fuencarral, me paró un chaval joven con pinta de tolai, procedente de una asociación que se dedica al apadrinamiento niños. El típico caso, estaréis pensando. Pues sí, era el típico caso del que, además, yo solía salir airosa. Pero ese día algo falló. El chico estaba nervioso, tartamudeaba, se había aprendido el guión al dedillo (“probablemente yo sea la primera persona con la que se ha atrevido a hablar” pensé) y me dio pena. El resultado fue que apadriné a un niño de trece años de Bolivia aunque había pedido a una niña de Ghana. A ver, que es perfecto apadrinar a un niño que lo necesita, de eso no hay duda, y además nos sirve para sentirnos mejores personas. Pero es que yo no tenía ninguna intención de ser buena persona ese día y, además, en ese momento ni siquiera lo hice por David (mi boliviano de trece años), sino por ese chico que estaba tan nervioso y daba un poco de penilla… ni que decir tiene que para aquel personaje que me paró por la calle, el tolai de aquella relación esporádica no fue precisamente él.

Lo único que no me cuadra de todo esto es que han pasado 3 años desde aquel suceso y David sigue teniendo trece. No sabía que en Bolivia los años duran más de mil días, tengo que viajar más.

El otro día salí a comprar arena para el gato. Era una compra aparentemente rápida e inofensiva, tan sólo debía cruzar una transitada calle comercial, coger la arena, pagarla y volver a casa… Pero nada más lejos de la realidad. Allí, en esa transitada calle comercial, estaban ellos esperando a su víctima, ésa que lleva tatuado en la frente “tú habla, que yo escucho”. En una salida de unos 15 minutos fui abordada TRES veces, así que llegué a casa una hora más tarde de lo previsto. Eso significa que cada uno de mis tres asaltantes estuvo una media de cuarto de hora soltándome la chapa a pesar de mi claro y tajante NO de entrada.

1.

– ¿Te gusta el cine?

– No, gracias… llevo prisa.

-¿No te gusta el cine?

– Sí, si me gusta, pero no quiero nada, gracias (ERROR, reponder a una segunda pregunta es abrir la caja de Pandora. Esto es de primer curso de esquivar pesados, Belén).

El chaval me acompañó hasta la puerta de la tienda de arena para gatos. Vendía una especie de cineteca online de la que ya soy socia y que, además, nunca veo porque estoy suscrita a otra más, que tienes mejores películas. Se lo expliqué y él me preguntaba si no quería mejorar mi experiencia con ellos suscribiéndome a una versión premium, más variada, más cara y más de todo. Yo le decía que no quería nada, que estaba contenta con lo que tenía (no lo estoy, se lo decía para que no se pusiera triste), y él seguía insistiendo. Pensé que la única solución sería suscribirme a la versión Premium y tratar de cancelarlo cuando llegara a casa (no es la primera vez que lo hago), hasta que recordé que esa suscripción no la pago yo.

Muy contenta con mi hallazgo, se lo solté sin pensar. Creí que él también se alegraría de poder acabar con esa absurda e intensa conversación pero, por el contrario, me escupió un “tú te lo pierdes”, dio media vuelta y se largó sin ni siquiera despedirse. Me dolió tanto su comprtamiento que tuve que esperar unos minutos en la puerta de la tienda de mascotas para recuperarme de ese mal trago antes de comprar la maldita arena de gato.

2.

De vuelta a casa, me sonó el teléfono y, al contestar, yo dije algo como “Soy Belén, te había llamado porque tenía una duda, pero ya está resuelta, gracias”.

Cuando colgué, oí que alguien me llamaba por ni nombre y yo, que tengo la mala costumbre de responder cuando alguien me llama, me giré. Una gitana muy contenta con un montón de romero en una mano se dirigía hacía mí diciendo “Belén, Belén, Belén, Beléeeeeeen”. Presa del pánico, le dije que no con la mano e intenté continuar, pero ella me dijo cosas como “no le tengas miedo a una gitana, yo no te voy a robar, sólo vengo a hablar contigo, bla bla bla” y la miré a los ojos (¡ERROR! Es básico no mirar a los ojos de la gente ¿Qué somos acaso, personas?).

Total, que ella me preguntó cuántos años tenía, decía que me echaba unos 15 o 16 (embaucadora la gitana); yo le respondí que 31; se extrañó muchísimo porque ella tenía 26 y parecía mayor que yo; agradecí el cumplido; me pidió una moneda; yo sólo tenía una moneda y se la di porque me quería ir y la arena de gato pesa como un demonio; le caí tan bien que decidió leerme la mano, pero ella no sabía, así que llamó a su hermana; yo no quería que me leyeran la mano, pero llegó la hermana; la hermana cogió mi mano y me dijo cosas de velitas y papeles y acertó más bien poco; yo ya no sonreía porque no sentía el brazo y me moría de vergüenza; ella me dio una ramita de romero y me dijo un conjuro mágico para cuando se secara; yo le di las gracias; ella me pidió dinero; yo le dije que le había dado la última moneda a su hermana; ella me dijo que su hermana no sabía y que le diera un billete, que la suerte no se paga en monedas; yo le dije que no tenía dinero y le enseñé la cartera vacía; ella me dijo que fuera a un cajero y que no quedara mal con una gitana; yo le dije “eso no se hace” y me fui caminando muy digna, aunque me temblaban las rodillas. Por último, tiré la ramita de romero a una papelera porque, con tanta tensión, se me había olvidado el conjuro mágico.

3.

Por fin parecía que mi odisea había acabado cuando una chica muy sonriente me saludó. Yo le sonreí (¡ERROR! ¿Quién te has creído que eres, un ser sociable?) y, sin ni siquiera preguntarme si tenía un minutito, me puso en la cara una increíble alarma antirrobo con sensor de movimiento y llamada directa a la policía, que antes sólo se vendía en televisión por 50 euros, pero ahora estaba rebajada a 10 euros si se la comprabas a ella.

Pensé en qué habría llevado a esa chica y a sus compañeros, que también merodeaban por allí, a vender alarmas por la calle como si lo fueran a prohibir, y me imaginé a su jefe diciendo “Nos sobra stock de este producto que no hemos conseguido vender ni a nuestras familias, salgamos a la calle, engañemos a nuestros viandantes, ¡aquí hemos venido a jugar!”. En mi mente, esos chicos jóvenes eran como los empleados de Stratton Oakmont, de la película El lobo de Wall Street*, hasta arriba de confianza y droga, dispuestos a venderles la moto a cualquier pobre desgraciado suscrito a todas las videotecas online existentes y con un mal de ojo recién echado.

*Esto no es un spoiler de la película, es el argumento. Dejémoslo claro antes de recibir amenzas de muerte.

Desesperada y con el brazo dormido, le contesté a la chica que, en realidad, me daba igual que me robaran en casa, que no había nada de valor salvo un gato que a estas horas ya se habría hecho caca encima.

 

EL ENRIQUECEDOR MUNDO DE LAS PRÁCTICAS (2)

Yo escribía. Escribía mucho. Tenía un diario que no rellenaba a diario, pero había alcanzado ya el tercer tomo; escribía relatos, cuentos y ensayos; difrutaba escribiendo, así que cuando llegó el momento de decidir a qué dedicarme tras acabar la carrera, opté por EL DEPARTAMENTO DE CUENTAS. No sabía que mi afición a la escritura podría ser útil en mi vida profesional, así que obvié unas pequeñas cosillas sin importancia que podrían dificultarme mi labor como gran ejecutiva de cuentas:

  1. Odiaba hablar por teléfono con gente cuya caya cara no había visto nunca.
  2. Cuando me ponía nerviosa, no oía (de oír, no de escuchar) a la persona que me estaba hablando. Nervios=sordera.
  3. Tartamudeaba al hablar en público. Y con público me refiero a 3 personas o más.
  4. No sabía decir “no” y mi reacción espontánea ante los conflictos era querer llorar.

Aún así, me cogieron para las prácticas como asistente de cuentas en una agencia grande, sin saber qué me encontraría. Tan sólo me habían dicho que en mi equipo necesitaban urgentemente a alguien porque estaban desbordados de trabajo. Y era verdad, tanto que la persona que debía enseñarme mis tareas casi no podía hacerlo porque no tenía tiempo, y la jefa pasaba muchas horas fuera de la oficina. Debía ser comodísimo para aquella chica tener exactamente el mismo trabajo que antes, pero escuchando una vocecilla, de vez en cuando, que decía “¿Te puedo ayudar?”, y sintiendo dos ojos clavados en ella (esto no es exactamente así, yo me sentaba justo enfrente y a veces parecía que la estaba mirando, pero en realidad estaba dormida).

Ella trató de enseñarme todo lo que pudo en el primer rato libre que tuvo sin llamadas ni gente preguntándole cosas sin parar. Me preguntó si podía hacer un informe sobre la competencia de nuestro cliente y me puse manos a la obra.

Estaba muy contenta, ya que mi mesa estaba en medio del pasillo por el que pasaba todo el mundo y aquélla iba a ser la primera vez en dos semanas que mi ordenador mostrara algo que tuviera que ver con trabajar. Hasta entonces, mi labor había consistido en abrir el e-mail y darle a la ruletita del ratón hacia arriba y hacia abajo. Ocho horas cada día. De vez en cuando, recibía un correo en el que yo estaba en copia y sentía un auténtico subidón de adrenalina por todo el cuerpo. Mientras tanto, para no dormirme, iba al baño cada quince minutos, con lo que malacostumbré a mi vejiga, y por eso ahora siempre tengo ganas de hacer pis.

Ese día no sólo hice aquel informe de la competencia, sino que abrí todos los informes de la competencia que se habían hecho en la agencia y corregí, una por una, cualquier falta de ortografía que vi en ellos. Todo apuntaba a que por fin había encontrado mi lugar… hasta que llegó la jefa.

Parecía que las cosas seguirían como hasta entonces, pero ella recibió una llamada de teléfono, de la que sólo acerté a escuchar una frase: “Cómo que no funciona? Ahora baja la niña y lo mira”. La niña era yo. Me cóntó que los creativos decían que no funcionaba su impresora y me pidió que fuera a comprobarlo. Bajé a la zona de los creativos y ésta fue la conversación:

– Hola, soy Belén. Vengo a ver la impresora.
– No funciona, ya lo hemos dicho -estaban un poco enfadados.
– ¿Habéis mandado algo a imprimir? -no se me ocurrió nada más inteligente que decir, ahí estuve poco rápida.
– Pues claro -respuesta MUY OBVIA.- ¿Dónde está la impresora?

Fui a ver la impresora y, sin tocar ni un botón, volví a mi sitio para decirle a la jefa que, efectivamente, no funcionaba. Ella me dijo que llamara al informático y yo pensé que no era necesario pasar por ese bochorno si la solución era llamar a una persona del departamento de informática.

El caso es que la situación se volvió a repetir unas cuantas veces. Y yo, que era una fiel seguidora de la serie “Urgencias”, jugaba y me imaginaba que certificaba la defunción de la impresora como hacían los médicos de la serie. Llegaba allí corriendo, la miraba, consultaba mi reloj y me decía a mí misma “hora de la muerte: 11.56”. Qué divertido, madre mía.

También tuve un affaire con el escáner de la oficina. Estaba conectado a un Mac (y yo, recién salida de la carrera, no había visto uno en la vida). Debía escanear unas 50 páginas de revistas y ese cacharro no me hacía ni caso. Al final, un alma piadosa me explicó cómo funcionaba. Al rato me explicó dónde se guardaban los documentos. Al rato me lo volvió a explicar porque yo no le había oído. Y para acabar, activé sin querer el Voice Over del ordenador y, como no sabía quitarlo, decidí jugar otra vez. Esta vez me imaginé que formaba parte del grupo Radiohead y que estábamos grabando esta canción. Curiosamente, nadie quiso jugar conmigo, puede que nunca hubieran escuchado a Radiohead.

Mi última gran aportación fue cuando jugué a ser reportera. Teníamos que salir a la calle a hacer preguntas a la gente. Un compañero llevaba una cámara de las que se veían en la tele y yo llevaba un micrófono. Estaba nerviosísima, pero me di cuenta de que los entrevistados se sentían un poco intimidados cuando nos veían llegar. Yo me crecí, me sentí la reportera más dicharachera del barrio y tuve mis quince minutos de gloria. Una lástima que, al tirar del micro, se desenchufara de la cámara mientras yo gritaba “¡¡esto no funciona!!” delante de tantas personas que pensaban que hacía bien mi trabajo hasta ese momento.

Y así, entre unos juegos y otros, acabó mi experiencia como asistente de cuentas. Pero una cosa os digo, los que verdad se dedican a esto trabajan mucho, juegan poco y ganan menos (bueno, creo, tampoco es que me haya puesto a mirar sus nóminas). Y, además, tienen una paciencia infinita. Toda mi admiración para ellos.

EL ENRIQUECEDOR MUNDO DE LAS PRÁCTICAS

Versión A

– Y tú, ¿a qué te dedicas?
– Yo escribo.
– ¿Escribes? ¿Y qué escribes?
– Soy redactora, trabajo en publicidad.
– ¡Ah! Escribes noticias.
– No, no… no soy periodista, trabajo en publicidad.
– ¿Pero hay algo que escribir en publicidad? Ah, ¿tú eres la que escribes los folletos que llegan a mi buzón y tiro a la papelera sin mirarlos siquiera?
– Hablemos de ti, por favor.

Versión B

– Y tú, ¿a qué te dedicas?
– Yo escribo.
– ¿Escribes? ¿Y qué escribes?
– Soy redactora, trabajo en publicidad.
– ¡Ah! Escribes noticias.
– No, no… no soy periodista, trabajo en publicidad.
– ¿Y dónde trabajas?- Pues ahora soy freelance, pero estuve trabajando en una agencia de Marketing que estaba en las Ro- ¡¡¡¡YO TENGO UN AMIGO QUE TRABAJA EN MCCANN!!!!- Genial, dale recuerdos a tu amigo.

VERSIÓN C

– Y tú, ¿a qué te dedicas?
– Yo escribo.
– ¿Escribes? ¿Y qué escribes?
– Soy redactora, trabajo en publicidad.
– ¡Ah! Escribes noticias.
– No, no… no soy periodista, trabajo en publicidad.
– Yo a veces también hago cosas de publicidad. Tengo un cuñado que tiene una empresa y a veces me encarga que le haga los folletos. ¡Qué casualidad! Tengo uno por aquí, mira.- ¡Qué bonito! Está maquetado en Word y tiene montones de colores. Jiji, veo aquí dos faltitas de ortografía  y, además, está escrito en Comic Sans. Toma, guárdatelo bien, que no se te pierda. Venga, guárdatelo, ¡GUÁRDATELO YA!

No es nada fácil explicar en qué consiste el trabajo de un copy. Y eso que me siento tremendamente afortunada de que, aproximadamente, un 80% de los jóvenes de entre 25 y 35 años hayan estudiado la misma carrera que yo. En ese caso la conversación es muy distinta:

– Y tú, ¿a qué te dedicas?
– Soy copy.- Uffffffffffff. Bueno, y ahora… ¿a qué te dedicas?- Vendo muebles usados.

(Es mentira. No vendo muebles usados, pero si queréis una cama de matrimonio con dos mesitas a juego, os las dejo a muy buen precio. Contactadme y os mando foto).

autopromoLo de que soy redactora, así, a secas, lo digo para resumir (no os lo vais a creer, pero hay gente que pregunta sólo por cortesía y no porque estén realmente interesados en lo que hago). Cabe la posibilidad de que también lo diga para ver cómo reaccionan las personas de a pie y poder alimentar mi blog con sus respuestas.

Pero mi experiencia profesional va más allá. Podéis verlo en mi página Web belengfiteni.com, en la que próximamente colgaremos nuestro último trabajo: un videoclip molón donde puede que salgáis algunos de vosotros. Permaneced atentos a vuestras pantallas de ordenador.

perdónEl caso es que no es culpa de la gente no saber exactamente en qué consiste mi profesión. Yo misma no tenía muy claro al acabar la carrera que existía una figura de copy y a qué se dedicaba exactamente, así que decidí probar suerte en el departamento de cuentas. Y la tuve. O no. Podréis sacar vuestras propias conclusiones en el próximo post…

QUÉ BONITO ES EL SILENCIO (2)

La originalidad del título (segunda parte de la exitosa Qué bonito es el silencio) se debe a que tengo la firme intención de hacer unos cuantos capítulos de esta serie. Repito, INTENCIÓN. Porque, quién sabe, puede pasarme como al guionista de Breaking Bad y petarlo, consiguiendo que mi audiencia pierda horas de sueño, de vida incluso, gracias a su adicción a mi serie (y a la metanfetamina de paso); o puede pasarme como al guionista de FlashForward, que tuvo una grandísima idea para el primer capítulo, pero luego se le olvidó, o le pudo la presión, o yo qué sé… y ahora vende churros en una autocaravana en Oklahoma. También puede pasarme lo segundo pero, como muchos de los que me leéis sois amigos y familiares, lo difrazaréis de lo primero y yo me sentiré una triunfadora. También me vale.

Hace poco hablaba de cómo mi gato y yo sabemos entendernos sin dirigirnos la palabra (vale, yo a él sí. Todo el rato). He de reconocer que esto no es del todo cierto, porque últimamente me muerde demasiado y creo que está enfadado por algo, pero no averiguo la razón. Así que, de paso, aprovecho para preguntaros si conocéis algún remedio casero para que un gato no muerda, antes de que sea demasiado tarde y me haya arrancado un dedo. Y no preguntéis en foroenfemenino.com, ya lo he hecho yo.

Sin embargo, mi discurso sobre la comunicación animal no hace sino reafirmarme en una idea acerca de la comunicación humana: ES EXCESIVA. Nos obcecamos con hablar y hablar sin darnos cuenta de que nuestro silencio podría decir cosas mucho más interesantes que nosotros. Y que eso que decimos poco o nada tiene que ver con lo que en realidad pensamos.

Comenzamos el ranking de expresiones innecesarias con la mítica “Tú no lo pienses“, una variante del ya conocido “Tía, no te rayes”. Esa sutil manera de decir “eso que me estás contando me da mucha pereza, así que voy a intentar zanjar esta conversación pronto, pero ejerciendo del buen amigo que soy”.

– Bueno, tú no lo pienses… pensándolo no solucionas nada. (Vaya chapa me está soltando el pesado éste).

– Sí, gracias, tienes razón. (Como de verdad no soluciono nada es hablando contigo. Voy a preguntar en foroenfemenino.com, que seguro que me dan una solución rápida y baratita).

Eso es como todo“. Otra de esas expresiones que dan sentido a mi vida. El mejor símil jamás inventado. Es decir, si lo piensas bien, aceptar un puesto de trabajo (por ejemplo) es como comerse un bocadillo de panceta. O como todo lo demás.

– Bueno, eso es como todo. (He dejado de hacerte caso hace un buen rato, así que voy a utilizar mi recurso estrella).

– ¡Claro, es verdad! (Imagino que se te ocurren cientos de miles de metáforas. Por favor, especifica).

“El tiempo pone a cada uno en su lugar”. Esa mentirijilla tan utilizada por todos los que en alguna ocasión hemos sentido lástima por la persona que tenemos enfrente. Esa última esperanza inventada para no decirle que, en realidad, es un desgraciado. Ese intento por tratar que deje de llorar antes de utlizar el último recurso: el abrazo.

– Que tía más mala. Pero bueno, tú no lo pienses, eso es como todo y, al final, el tiempo pone a cada uno en su lugar. (Te han vuelto a hacer el lío. Eres un/a tolai).

– Eso espero… (Sí, pero yo no quiero que le vaya mal dentro de diez años. Quiero que le vaya mal ahora. Voy a pensar un plan para destruirla).

Acabamos por hoy con una de mis favoritas: “Odio decir te lo dije, pero te lo dije”. Igual deberíamos esperar para colgarnos la medalla en una ocasión en la que la otra persona no nos está contando sus previsibles penurias. Pero, para qué negarlo, a veces un “te lo dije” a tiempo da gustito. En esos casos, intentemos simplemente que no se nos escape la sonrisilla.

– ¡Si ya lo sabía yo! Odio decir “te lo dije”, pero… (madre mía, se veía venir, es que eres muy tolai).

– Sí, tienes razón, debí hacerte caso (Bueno, también puede que no odies tanto decir “te lo dije”, y que a lo mejor te gusta un poco tener razón. A lo mejor tu ego quiere pasarse a saludar).

*El fin de semana estuvimos pintando unas paredes en casa y todavía huele un poco a pintura. Al gato no le gusta nada y por eso se comportaba así. Ahora todo vuelve a ser normal. Flipo tanto que voy a contarlo en foroenfemenino.com, luego vuelvo.

¿QUÉ FUE DEL BOCA A BOCA?

Era una mañana aparentemente tranquila. Llegué al colegio a primera hora y detecté gran revuelo entre mis compañeros. Parecían muy alterados, deambulaban de un sitio a otro y se perdían entre murmullos y risitas. Yo no entendía nada, pero acerté a escuchar palabras sueltas como perro, mermelada o Ricky Martin.

Totalmente ajena a los que decían los chicos, me abrí hueco en un grupito y pregunté, llena de curiosidad.

-¿No viste “Sorpresa, ¡sorpresa!” ayer? -me decían incrédulos, casi amenzantes.

-Sí, bueno… no hasta el final, ¡acaba tardísimo! -respondí yo.

-¡Bah! ¡Pues te perdiste lo mejor! -Y me contó aquella historia de la chica a la que le gusta untarse mermelada y de su perro, al que le gusta la mermelada que se unta su dueña, hecho del cual se entera Ricky Martin (y miles de espectadores) al aparecer por sorpresa en su casa.

-¿Pero tú lo viste? -No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar.

-Yo no, ¡pero mi prima sí!

Casualmente, no había en todo el edificio nadie que lo hubiera visto, pero todos y cada uno de ellos conocían a alguien que sí lo había hecho, así que no lo dudé ni un momento y me subí al carro. Inventé a mi persona de confianza que había seguido el programa hasta el final y me convertí en cómplice del mayor bulo de la historia de la televisión. Y así, con un rumorcito de nada, los realizadores de “Sorpresa, ¡sorpresa!” confirmaron sus sospechas: nadie podía soportar 5 horas seguidas viendo a Isabel Gemio.

Una inversión mínima para unos resultados óptimos. Eso es lo que consigue el boca a boca, también llamado boca a oreja, cosa que no entiendo, ya que se llamaba así porque iba de boca a boca (pasando por la oreja, claro está). ¿Qué motivos nos llevan a llamarlo boca a oreja? ¡Si las orejas no hablan!

Independientemente de su nombre, el boca a boca (yo lo voy a llamar así, aunque ahora me esté sonando a título de canción de reggaeton) es el canal de marketing más eficaz del mundo. Hace poco contaba mi inquietante historia sobre la elección de una aspiradora Pet Friendly pero, ¿creéis que habría tenido tal conflicto si un ama de casa de confianza me hubiera recomendado una? La respuesta es no. Mil veces no. Quiero la aspiradora de mi persona de confianza.

Sin embargo, la persuasión ejerce su mayor poder en los temas que más nos preocupan: belleza y salud. Veamos.

Con el cambio de estación, las parafarmacias y droguerías se llenan de lociones para fortalecer el cabello y pastillas anticaída. Yo, que tengo poco pelo, trataba de encontrar el mejor para mí. Entonces, mi hermana me contó que una amiga suya, que tiene el pelo como yo, se aplica unas ampollas milagrosas que ¡de verdad funcionan! Ya está. Ampollas compradas (no voy a decir la marca porque, de momento, no me pagan por ello). Y no es sólo que, como conozco a alguien que le funcionan, a mí me van a funcionar también sí o sí, sino que voy preguntando “¿No me notas más pelo?”, y la gente me reponde “Oh, sí, sí, es verdad, ¡te lo iba a decir!”. Resultado: más ampollas vendidas. El boca a boca ha vuelto a funcionar.

Continuemos, como dije, con la salud. Uno de los fumadores más fumadores que conozco (quien, por cierto, reconoció haber visto con sus propios ojos el final de “Sorpresa, ¡sorpresa!”) sustituyó el clásico tabaco por un cigarrillo electrónico, bajo el argumento de “no estoy preparado para dejar de fumar, así que lo intentaré con esto, que es menos malo”. Como por arte de magia, casi todos los fumadores que le escuchan hablar de su cigarrillo electrónico quieren uno instantáneamente. Ellos no lo dicen, pero en realidad piensan “si él, que es un yonqui del tabaco, lo ha conseguido, ¿cómo no lo voy a conseguir yo?”. Y así, motivados por su deseo de autosuperación, se recorren Madrid en busca de la tienda de cigarrillos electrónicos de su amigo. No otra tienda. Esa tienda (no diré la marca porque ni a mí ni a él nos pagan por ello, aunque deberían).

Y es que entre “me han recomendado un libro buenísimo”, “me han dicho que esta peli mola” o “he oído que éstos en concierto lo dan todo” transcurre la vida -y, de paso, nos tragamos unos bodrios dignos de estudio-. Así, que por favor, no subestimemos el poder del boca a boca y continuemos extendiendo rumores, que no sirven para nada bueno, pero son muy divertidos.

ME SUDAN LAS MANOS

Hoy es un gran día. Estreno blog.

Dicen que un blog es imprescindible para dar a conocer tu carrera profesional y, aunque no sé si estoy preparada para convertirme de la noche a la mañana en una admiradísima y renombrada estrella de las letras, la decisión está tomada.

Como buena publicista, antes de escribir a lo loco mi primera entrada en el blog, he estudiado detenidamente los canales para darlo a conocer (Facebook). Eso quiere decir que, muy probablemente, seas mi amigo o familiar y que no estás leyendo esto porque te lo he pedido por favor por favor por favor, sino porque valoras mi potencial. Bien.

Estimado amigo o familiar, quiero hablarte del karma. No del karma como doctrina, sino del karma entendido por la cultura popular, el karma de la calle. Cuentan que el karma es la energía que deriva de los actos de las personas.  Es decir, resumiendo mucho y de la forma que más me conviene, si haces algo bueno, se te acabará devolviendo algo bueno.

Espero que lo que acabo de explicar te haya quedado claro. Eso significa que estás preparado para seguir leyendo.

Quiero que, por un momento, te concentres en algo bueno que he hecho por ti. Piénsalo, seguro que se te ocurren un montón de cosas. Vamos, que tiene que haber algo, aunque sea pequeñito. No sé, quizá esa vez que fui la única que se rió de tu chiste malo, o aquella otra en que te dije que tu ex también pensaba en ti. Busca, busca, concéntrate en ello… ¿Ya lo tienes? Sigamos.

Te preguntarás por qué te he pedido esto. O, probablemente, ni siquiera te lo preguntes porque la respuesta está clara y tú eres muy listo: HA LLEGADO EL MOMENTO DE QUE ME LO DEVUELVAS. Que sé que estas cosas no se piden y que no funciona así, pero Hacienda no debió entender lo que le expliqué del karma en mi última declaración y me ha dejado tiritando esta fría y gris mañana de noviembre. Y con un gato al que alimentar.

Ahora que, además de tener lindos pensamientos hacia mí, sientes un poco de lástima, tienes todo a tu favor para devolvérmelo. “¿Me está pidiendo dinero?” estarás pensando. Pues no. Bueno, creo que no. De momento no.

Como sabes soy copy -expresado de manera cool- o redactora -expresado de manera tradicional-, freelance -expresado de manera cool- o autónoma -expresado de manera tradicional-, y tengo una página Web, belengfiteni.com, donde se pueden ver algunos trabajos que me han mantenido ocupada hasta ahora. Pero he hecho más cosas y lo importante es que ¡lo mejor está por llegar! (esto no se ha dicho nunca, ¿verdad?).

Sólo te pido que lo tengas en cuenta para que, cuando escuches frases tipo “podríamos encargárselo a alguien que escriba”, “¿conocéis a un redactor?, ¿quién puede hacer este vídeo?, o “necesitamos un naming”, en tu cabeza resuene mi nombre. Por cierto, me llamo Belén. Lo digo por si eres un desconocido que ha llegado hasta aquí por casualidad.

Gracias por leerme. Se aceptan ánimos, donativos y felicitaciones. Críticas no, al menos por el momento, que es mi primer día y me sudan las manos.