LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑO (Vol. 2)

No hay momento más dramático en la vida de un niño que cuando recibe la noticia de que va a tener un hermano. En mi caso no fue exactamente así, ya que cuando nací, mi hermana ya existía. Todos los adultos se compadecen del pobre niño que sufre porque ha tenido un hermanito y ya no le prestan tanta atención como antes. Pero los hermanos pequeños también merecemos la compasión adulta… a los hechos me remito.

Hoy, en “la gran responsabilidad de ser niños”, mis descubrimientos y decisiones condicionados por Sonia, mi hermana:

– Cuando comprendí la estrecha relación entre los celos y el odio.

Bueno, vale, tenía una hermana mayor y eso era inevitable, porque ella había nacido antes que yo. Pero eso no significaba que tuviera que quererla.

Recuerdo aquella vez en que mi hermana, corriendo por el salón, se estampó contra una puerta de cristal, a la que hizo un enorme agujero con la cabeza. Yo me eché a llorar porque me daba miedo que un ladrón entrara por el agujero esa misma noche. Por cierto, a mi hermana no le pasó nada.

Sonia sacaba buenísimas notas y, como fuimos al mismo colegio, pasé toda mi infancia escuchando de los profesores aquello de “Vaya, Fiteni, imagino que serás hermana de Sonia… pues a ver si eres tan aplicadita como ella” (aplicadita… es que vaya palabra. Normal que no quieras a tu hermana cuando la definen como aplicadita).

Mi hermana hacía otras cosas como comprarse una bolsa de chucherías y mordisquear una de ellas durante siglos, tiempo en el que a mí me había dado tiempo a acabarme mi bolsa y volver a tener hambre. Luego, ella guardaba el resto de gominolas en un cajón y aseguraba que “eran para luego”. Ese “para luego” nunca llegaba, así que yo le pedía que me diera una. Siempre me respondía que no, que yo tenía las mías y había decidido comérmelas porque era una ansiosa. Todos decían que si Sonia había decidido guardar sus golosinas, eran suyas y podía hacer lo que quisiera. Finalmente, la bosa acababa 4 meses después en el cubo de la basura.

La psicóloga del colegio -una señora muy rara, que nos obligaba a decidir si queríamos más a nuestro padre o a nuestra madre (y no valía decir que a los dos o que a ninguno)- nos reveló a mis padres y a mí que tenía un problema de celos con mi hermana. Nos fuimos los tres indignadísimos a casa. Mi hermana lo hacía todo mejor que yo, pero eso no significaba nada. NADA.

 

– Cuando comprendí la estrecha relación entre los celos y el amor.

Una tarde, volviendo del colegio, Sonia llevaba un carrito de esos de humillada para llevar los libros de texto. Una chica mayor (en años y estatura) le pisó el carrito y le dijo “Tú, dientes de conejo, ¿a dónde vas tan rápido?”.

Era cierto que mi hermana no me caía muy bien, que llevaba un carrito ridículo y que, además, tenía dientes de conejo. Pero eso no le daba derecho a esa idiota a decirle nada. Sentí que debía protegerla, que yo era su única salvación y que, si no hacía nada, mi hermana no volvería a casa jamás. Así que saqué mi mejor voz de pito y le dije “Eh, tú, gorda, deja en paz a mi hermana”.

Bien. Acaba de insultar a una chica que me sacaba 7 cabezas (eso tampoco era difícil porque yo soy era enana) y todo apuntaba a que iba a morir en ese preciso instante. Entonces se produjo el milagro: el semáforo en el que estábamos paradas se puso en verde, la chica soltó el carrito y comenzó a caminar.

– Gracias -dijo mi hermana.

-Es que te quiero mucho – contesté yo.

(creo que esta última conversación no se produjo en realidad, pero la he puesto para que pilléis la moraleja).

 

–  Cuando comprendí que no todos los sacrificios tienen su recompensa.

En una de nuestras continuas visitas al dentista -Sonia tenía los dientes de conejo, pero yo tenía los colmillos a 3 palmos de su sitio-, la doctora nos dio un calendario a cada una. En cada día del calendario, había una perita muy mona dibujada que sólo podíamos colorear si nos lavábamos los dientes cada noche. Tiene más sentido que la perita fuera una muela, pero yo la recuerdo como una perita feliz y con un cepillo de dientes en la mano.

Para mi hermana era fácil: se lavaba los dientes, se enjuagaba con flúor, coloreaba su perita y se metía en la cama. Yo, en cambio, sentía un cansancio terrible cuando llegaba el momento de lavarme los dientes, así que trataba de convencer a mi madre de que me dejara colorear la pera sin hacer mis deberes del dentista. Como no hubo manera, decidí que en realidad una puta pera tampoco merecía tanto sacrificio, así que mi calendario se quedó blanquito.

Además, nos dio igual tanto a la una como la otra, porque con 10 años ya teníamos todas las muelas de la boca empastadas. Yo recordaba aquellos capítulos de mi hermana con la bolsa de chucherías y pensaba “vaya, vaya, vaya … ¿a quién ha castigado por egoísta esta vez el Niño Jesús?”

 

– Cuando decidí que con imaginación la vida es más bonita

Sonia y yo dormíamos en la misma habitación. Aparentemente teníamos miedo a la oscuridad, así que nos dejaban la luz del pasillo encendida. A mí me encantaba porque, dependiendo de la cantidad de luz que entrara en el cuarto, se proyectaban distintas sombras en el techo. Jugábamos a decir a qué se parecía cada sombra hasta que una noche vimos a… PETER PAN.

No es que se pareciera a Peter Pan, no. Es que ERA Peter Pan. Yo entré en pánico (es que, además, Peter Pan no tiene sombra. Bueno sí, porque estaba en mi habitación), así que llamé a mi abuela y me llevó con ella al salón hasta que me dormí en el sofá.

Pues bien, mi hermana dice que no recuerda nada de ver a Peter Pan. Es más, no le suena de nada lo de que jugáramos a las sombras. Tampoco está segura de que dejáramos la luz del pasillo encendida. Sólo le falta decir que ella no es mi hermana.

 

– Cuando comprendí que nunca sería un ser vengativo

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Mamá, Sonia nunca quiere jugar conmigo -yo lloraba.

– Haz una cosa, el día (hipotético) que Sonia quiere jugar, ¡pues tú le dices que no!

– No, no, no. El día que ella quiera jugar, le digo que sí.

 

*Sonia está un poco asustada por si pensáis que era una niña repelente con dientes de conejo. A ver, lo era, pero ahora es lo más y tiene los dientes preciosos.

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MUNDO VIRTUAL PARA PRINCIPIANTES

Todavía existen personas que en pleno siglo XXI se niegan tener su alter ego en el ciberespacio. Son esa clase de personas con las que quedas para tomarte un café y te hablan, ¡incluso te tocan! Personas que dejan su móvil escondido en reuniones sociales, no saben comunicarse a través de flamencas y mierditas con ojos y se pierden fiestas y eventos sociales porque no tienen Facebook. ¿Qué tramarán? ¿Qué intentan demostrar? ¿Por qué no se han creado una personalidad virtual aún?

Puede ser que esas personas, simplemente, tengan miedo. Miedo a llegar tarde, a no ser aceptados, a ser los marginados del patio en el universo virtual. Afortunadamente, el duende de mi Olivetti ha estado trabajando duro para analizar los fenómenos de las redes sociales. Aquí van unas cuantas claves para entender las redes más importantes: Facebook, Twitter e Instagram. No podemos prometer que con esta lectura VAYAS A PETARLO MÁS FUERTE QUE NADIE, pero sí garantizamos que no serás un LOSER o que, al menos, siempre habrá alguien peor que tú.

Actualizaciones de estado

Algunos todavía creen que a alguien le interesa qué han comido, a qué hora se levantan o cuánto trabajo tienen. MAL. Cuando se creó Facebook -y de eso ya hace unos añitos- a todo el mundo le apetecía leer lo que escribía cualquiera con el que hubiera mantenido algún tipo de contacto a lo largo de su vida. Pero las circusntancias han cambiado. Os proponemos algunos consejos para no caer en el error más común:

  • Incluir alguna gracia o chascarrillo. Por ejemplo, podemos decir “Qué resaca tengo” o “Me siento Massiel”. El mensaje es el mismo, pero el tono diferente.
  • Si no tenemos gracia suficiente, podemos plagiar literalmente lo que ha dicho alguien, pero debemos nombrar siempre la fuente. Por ejemplo, el “me siento Massiel” de arriba se lo he copiado a mi amiga Leticia Tejada. De esta manera, yo quedo como una señora y, si a la gente no le hace gracia, la culpa será de ella, no mía.
  • La pena también sirve a veces, porque la gente te da ánimo y te manda caritas con besitos. Eso sí, no conviene abusar.
  • Los agradecimientos y los mensajes sensiblones siguen teniendo una respuesta aceptable. Muchos “me gusta” garantizados.
  • Está bien cambiar la foto de perfil de vez en cuando, pero hacerlo con demasiada frecuencia nos concede un punto de egocentrismo que no nos hace bien. Moderación, por favor.

Clasificación de fotos

Las fotos de colegas, a Facebook. Las fotos de actualidad, a Twitter. Las fotos de “mamá, quiero ser artista”, a Instagram. Estas últimas son las más complejas y requieren un estudio exhaustivo, que veremos más adelante.

La observación, requisito fundamental

Antes de adentrarnos en el apasionante mundo de las redes sociales, es importante que observemos qué factores en común encontramos entre las estrellas de cada una de ellas. Cualquier paso en falso puede condenarnos a ser unos eternos perdedores, por eso las analizaremos paso a paso:

Facebook, el bar del ciberespacio

Facebook es la red social más parecida a la vida real. Es el punto intermedio entre nuestro “yo real” y nuestro “yo virtual”. Tengamos en cuenta algunos datos:

  • Los amigos de Facebook no se correponden con los de la realidad. En Facebook todos se acuerdan de tu cumpleaños, comentan tus cosillas, comparten tus contenidos… Los amigos de tus amigos son tus amigos, pero es importante que sepamos que, si te los encuentras por la calle, no hace falta saludarlos. Facebook es Facebook y La Tierra es La Tierra.
  • Compartir contenidos enriquece el muro y fomenta la curiosidad. Pero OJO! Si ya has visto que 178 personas han compartido el vídeo de “2 desconocidos se besan por primera vez” o “la entrevista para el trabajo más difícil del mundo” no hace falta volver a compartir. La teoría de los 6 grados de separación ya habrá hecho su efecto. Existe una excepción a todo esto y es mi blog. Podéis compartirlo todas las veces que queráis porque eso me haría bastante feliz.
  • Existen personas a las que no queremos hacer daño, ya que nunca nos hicieron nada malo, pero que en realidad no nos caen bien. Facebook lo tiene escrupulosamente estudiado y existe un botón que sirve para que nunca te muestre nada de lo que digan esas personas. Viene a ser un “ignorar, pero sin que él se dé cuenta”.
  • No existe la privacidad. Se supone que hay un montón de botones fantasma que permiten mantenerte a salvo de los cotillas. En realidad es todo una leyenda urbanovirtual. Si no quieres que el compañero de trabajo de tu amigo sepa que a tu amigo le gusta que hayas comido albóndigas, no digas que has comido albóndigas.
  • El chat de Facebook funciona bastante mal, pero tiene dibujos de gatitos haciendo cosas que pueden salvarte de una conversación tensa. Whatsapp debería aprender de ellos.

Twitter: breve, pero intensito

He de reconocer que mi experiencia en Twitter como usuaria activa es bastante escasa, porque todavía me encuentro en la fase de observación. He aquí mis conclusiones:

  • Existen dos tipos de perfiles en Twitter: los profesionales y los que no. Los primeros son eso, profesionales, así que centrémonos en los segundos.
  • Los tuitstars suelen estar enfadados. Se retuitean, se insultan y así va pasando la vida. Mucho cuidado con tomar partido sin tenerlo claro, puede ser una condena eterna.
  • Están enfadados, pero se ríen. De cosas, de gente. Sus armas son los retuits de tolais, los gifs animados y las ocurrencias que se te habrían ocurrido a ti si no se les hubieran ocurrido a ellos antes.
  • El humor negro como base de la alimentación. Si no te gusta el humor negro, es mejor seguir a perfiles profesionales. Son más aburridos, pero nunca te ofenderán. Existe la opción de reirte con el humor negro de los demás, pero no usarlo. Eso es lo que yo hago, llamadme cobarde.
  • Los caracteres son limitados, pero los tuits no. Si quieres contar el Quijote, puedes. Necesitarás 2 millones de tuits, pero no está prohibido.
  • La gente que hacía gracia hace un mes, ya no la hace. Y eso podría pasarte a ti. A cualquiera. Así es la vida, nadie dijo que fuera fácil.
  • No se debe preguntar acerca de las modas. Si a todo el mundo le dio por el “Ola k ase”, no preguntes de dónde viene, ni por qué a todo el mundo le hace tantísima gracia. No quieras saber si el cuñado del que todo el mundo se ríe es hermano de tu pareja o la pareja de tu hermano. Olvídate de que tu cuñado en realidad te cae bien y adápatate a los que hacen los demás. Eso sí, recuerda que toda moda tiene un punto y final y, si no lo detectas a tiempo, puedes pifiar.

Instagram, donde habitan los unicornios rosas

La cuna del cuquismo, el lugar de encuentro de artistas, el archivo de imágenes más extenso del mundo. Triunfar en Instagarm está al alcance de muy pocos, pero aquí os damos algunas claves para sacar, al menos, un aprobado.

  • En Instagram sólo se desayuna. No se come ni se cena. Se desayunan 4 donuts rosas, 3 corissants y un café con las espuma haciendo un dibujo mono. En la mesa blanca siempre hay una flor.
  • En realidad en Instagram tampoco se desayuna. Después de hacer la foto, se tira todo a un cubo de basura blanco y, a lo sumo, te bebes el café. Si no, te saldrá tripa y papada y no podrás hacerte selfies.
  • Son seflies, no autofotos. Las selfies están bien, las autofotos son de acabados. Las selfies consisten en hacerte una foto en la que puedes mostrar tu cara o una parte de tu cuerpo. Es importante que si se trata de una selfie de cara, te tapes un ojo o la boca o te coloques de perfil. La clave de una buena selfie es que no parezca que la hayas hecho tú, sino que casualmente pasaste por delante de alguien que le estaba haciendo una foto a un fondo blanco.
  • Los cafés a media mañana se toman con calcetines gordos, encima de una cama con sábanas blancas y con un libro. Nada de cafés delante del ordenador. Vete a casa, hazte la foto y regresa al trabajo. Es tu momento.
  • Compra pintura blanca. En Instagram todo es blanco. Blanco y sin gotelé.
  • Todo es blanco, menos los gatetes. Los gatos pueden ser de cualquier color, porque los gatos son bonitos y quedan cuquis sobre un fondo blanco. Adopta un gato.
  • O dos. Además, los gatos que se adoptan para Instagram no dejan pelos ni tiran cosas blancas al suelo.
  • Piénsate bien lo de adoptar gatos. Las modas son efímeras y puede que en un par de años se lleven las iguanas blancas en lugar de los gatos. Deberás elegir entre tu fama y esos lindos animalitos.
  • Hazte tatuajes orginales y modernos, pero poco vistos. Si te tatuaste un bigote, la has cagado. Los bigotes son agua pasada. Tatúate algo molón en el antebrazo y retrátalo sobre un fondo blanco.
  • Si se pasa la moda, córtate el brazo y mételo en un armario blanco, junto con tus gatos, unas flores de almendro, unos banderines y un ukelele. Recuerda que las modas siempre vuelven y que en tres décadas aproximadamente podrás volver a recuperarlo.

 

EL SECRETO PEOR GUARDADO DE LOS REYES MAGOS (contiene spoiler)

¡Feliz Año!

Casi sin darnos cuenta ya ha pasado la Navidad. Dentro de unos días estaremos recogiendo el árbol y el Belén (bueno, yo no porque no tengo) y volveremos a nuestra rutina. Sin luces de colores. Sin villancicos. Sin espíritu navideño.

Pero no todo está perdido aún, porque todavía queda lo mejor: ¡los Reyes! Mi duende y yo hemos hecho un viaje en el tiempo hasta llegar a nuestra infancia, concretamente a la madrugada del 6 de enero.

Recuerdo abrir un ojo muy muy despacio, con mucho cuidado por si Los Reyes estaban en mi habitación y me pillaban despierta y se enfadaban por estar despierta y se llevaban mis regalos y DRAMA. Recuerdo ver un montón de paquetes (ni rastro de los Reyes que, por cierto, nunca se comían los mazapanes ni se bebían el anís) y susurrarle a mi hermana “Sonia, ya han venido”, y su respuesta “Ya…”. “Vamos a abrirlos” decía yo. “Son las 5 de la mañana, hay que esperar un poco”. Sí, sé lo que estáis pensando… ¿qué niño es tan sumamente responsable como para sentir que debe esperar hasta que amanezca para abrir los regalos? Ese niño es mi hermana. Mi hermana y su sentido de la responsabilidad extremo merecen un post enterito, y algún día lo tendrán. Pero hoy no es el día. Hoy tengo algo importante que contaros.

El día de Reyes puede que sea el día del año más esperado por los niños… hasta el momento en que descubren su secreto. Su verdadera identidad, para que nos entendamos. Supongo que la mayor parte de vosotros ya sabéis a qué me refiero, pero puede ser que entre mis lectores se encuentre una persona anclada en los 5 años de edad. Si eres tú, por favor, no sigas leyendo. Una vez, en un autobús, conté el secreto a viva voz sin caer en la cuenta de que en el asiento de atrás viajaba un niño y la culpa aún me persigue. No me podría perdonar caer en el mismo error.

El caso es que llega un momento en la vida de un niño en que empieza a atar cabos (o los ata su compañero de clase y se lo suelta sin ningún tipo de compasión) y ¡zas!, se acaba la magia. Los Reyes no son esos tres señores que vienen de Oriente, sino una pareja mucho más familiar (y nunca mejor dicho) que viene de El Corte Inglés.

Ese momento de descubrimiento cada vez llega a una edad más temprana. Puede que penséis que es inevitable, pero (y aquí llega la buena noticia), ¡se puede evitar! Tan sólo debemos tomar algunas estrictas medidas de precaución y los niños podrán disfrutar de esta noche mágica unos cuantos años más.

Aquí van unos sabios consejos que, si seguimos al pie de la letra, nos llevarán a un éxito seguro:

– Los niños no deben pisar ni una sola superficie comercial desde mediados de diciembre hasta el 7 de enero. Es un poco sospechoso ver a cientos de personas comprando compulsivamente justo antes de Navidad, mientras en una mano sostienen una carta escrita por su hijo y destinada a SSMM Los Reyes Magos de Oriente.

– Es más, los niños deberían estar encerrados en casa desde mediados de diciembre hasta el 7 de enero. En caso de que salgan a la calle, deberán evitar todo tipo de contacto con otras personas para no escuchar frases tipo “no sé qué comprarle a Fulanito por Reyes”. Porque por Reyes no se COMPRA, se PIDE.

– Es aconsejable que no aprendan a leer. Recuerdo ver los anuncios de juguetes cuando era niña mientras un letrerito rezaba lo siguiente “Producto de importe superior a 5.000 pesetas”. ¿Qué mas da lo que cueste si lo van a traer los Reyes, que no compran, sino fabrican sus regalos? Importante erradicar el tema económico o la ilusión se reducirá al 50%.

– Los televisores deberían dejar de funcionar durante el período navideño mientras los niños estén despiertos. En la televisión se escuchan continuamente mensajes como “muchos niños no tendrán regalos estas Navidades”. Este mensaje que tan bien funciona en los adultos, es absolutamente contraproducente en los niños, que podrán pensar “los Reyes son unos clasistas. ¿Por qué a los niños pobres no les regalan nada?”. Cuidado, porque en algún momento os pueden hacer esta pregunta y vuestra respuesta debería ser más convincente que la me dio mi madre a mí (“no sé, hija” me dijo mientras sudaba y se levantaba a fregar los cacharros).

– Para los que organizáis visitas de Los reyes a colegios u otros lugares que visitarán los niños. Existen personas negras. Son negros de verdad, no van pintados ni nada. Y resultan bastante más creíbles en el papel de Baltasar. Espero haber ayudado.

– Sed previsores. Una fotocopia de la carta nunca está de más, porque llegará el momento en el que el niño quiera echarla al buzón y vosotros no os la habréis estudiado. Entonces llegará el momento en que queráis tener más detalles sobre lo que allí había escrito y el niño responderá “tú no te preocupes, que en la carta lo explicaba todo bien clarito”.

– Concentraos en lo que pide cada niño en el caso de que a vuestro cargo haya más de uno. Mis Reyes Siempe equivocaban lo que había pedido yo con lo que pedía mi hermana. “Mamá, ¡son tan despistados como tú!” decía yo. Y entonces la tensión en aquella habitación podía cortarse con un cuchillo.

– Si decidís responder a la carta que ha escrito el niño, cambiad vuestra caligrafía. “Jo papi, escriben como tú. ¡Cuántas cosas en común tenéis con los Reyes!”. Y la tensión no sólo podía cortarse con un cuchillo, sino que en la habitación la tempartura aumentaba unos 50 grados.

– Inventad una buena excusa cuando salgáis de compras. Mis padres me decían que iban a hablar con los Reyes y, aunque yo pasaba la tarde con más nervios de todo el año por si le contaban todas las maldades que había hecho, el resultado era espectacular: yo me portaba como una bendita hasta el mismísimo día 6 de enero y ellos podían hacer sus recados sin ningún tipo de presión.

– Cuidado con los envoltorios: el papel de envolver de El Corte Inglés es muy bonito, pero su logotipo aparece en el 90% de la superficie. Comprad vuestro propio papel. Y bueno, si conseguís uno que sea parecido al de los regalos que llevan las carrozas de la cabalgata, triunfaréis como estrellas del Rock.

– No envolváis cuando los niños están en casa u os veréis obligaods a inventar excusas tipo “estamos doblando bolsas”. Gracias por el intento, mamá, pero nadie dobla bolsas la noche del 5 enero a las 2 de la mañana.

– Por último, responded a todas las preguntas que se planteen los niños acerca de los Reyes con “porque son magos”. Los magos pueden hacer cosas increíbles, casi tan increíbles como las que pueden hacer los padres.

Como me he puesto sentimental y flojita y este blog no es para eso, corto la conexión hasta próximo aviso.

Y portaos bien, ¡que los Reyes lo ven todo!

¿QUÉ FUE DEL BOCA A BOCA?

Era una mañana aparentemente tranquila. Llegué al colegio a primera hora y detecté gran revuelo entre mis compañeros. Parecían muy alterados, deambulaban de un sitio a otro y se perdían entre murmullos y risitas. Yo no entendía nada, pero acerté a escuchar palabras sueltas como perro, mermelada o Ricky Martin.

Totalmente ajena a los que decían los chicos, me abrí hueco en un grupito y pregunté, llena de curiosidad.

-¿No viste “Sorpresa, ¡sorpresa!” ayer? -me decían incrédulos, casi amenzantes.

-Sí, bueno… no hasta el final, ¡acaba tardísimo! -respondí yo.

-¡Bah! ¡Pues te perdiste lo mejor! -Y me contó aquella historia de la chica a la que le gusta untarse mermelada y de su perro, al que le gusta la mermelada que se unta su dueña, hecho del cual se entera Ricky Martin (y miles de espectadores) al aparecer por sorpresa en su casa.

-¿Pero tú lo viste? -No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar.

-Yo no, ¡pero mi prima sí!

Casualmente, no había en todo el edificio nadie que lo hubiera visto, pero todos y cada uno de ellos conocían a alguien que sí lo había hecho, así que no lo dudé ni un momento y me subí al carro. Inventé a mi persona de confianza que había seguido el programa hasta el final y me convertí en cómplice del mayor bulo de la historia de la televisión. Y así, con un rumorcito de nada, los realizadores de “Sorpresa, ¡sorpresa!” confirmaron sus sospechas: nadie podía soportar 5 horas seguidas viendo a Isabel Gemio.

Una inversión mínima para unos resultados óptimos. Eso es lo que consigue el boca a boca, también llamado boca a oreja, cosa que no entiendo, ya que se llamaba así porque iba de boca a boca (pasando por la oreja, claro está). ¿Qué motivos nos llevan a llamarlo boca a oreja? ¡Si las orejas no hablan!

Independientemente de su nombre, el boca a boca (yo lo voy a llamar así, aunque ahora me esté sonando a título de canción de reggaeton) es el canal de marketing más eficaz del mundo. Hace poco contaba mi inquietante historia sobre la elección de una aspiradora Pet Friendly pero, ¿creéis que habría tenido tal conflicto si un ama de casa de confianza me hubiera recomendado una? La respuesta es no. Mil veces no. Quiero la aspiradora de mi persona de confianza.

Sin embargo, la persuasión ejerce su mayor poder en los temas que más nos preocupan: belleza y salud. Veamos.

Con el cambio de estación, las parafarmacias y droguerías se llenan de lociones para fortalecer el cabello y pastillas anticaída. Yo, que tengo poco pelo, trataba de encontrar el mejor para mí. Entonces, mi hermana me contó que una amiga suya, que tiene el pelo como yo, se aplica unas ampollas milagrosas que ¡de verdad funcionan! Ya está. Ampollas compradas (no voy a decir la marca porque, de momento, no me pagan por ello). Y no es sólo que, como conozco a alguien que le funcionan, a mí me van a funcionar también sí o sí, sino que voy preguntando “¿No me notas más pelo?”, y la gente me reponde “Oh, sí, sí, es verdad, ¡te lo iba a decir!”. Resultado: más ampollas vendidas. El boca a boca ha vuelto a funcionar.

Continuemos, como dije, con la salud. Uno de los fumadores más fumadores que conozco (quien, por cierto, reconoció haber visto con sus propios ojos el final de “Sorpresa, ¡sorpresa!”) sustituyó el clásico tabaco por un cigarrillo electrónico, bajo el argumento de “no estoy preparado para dejar de fumar, así que lo intentaré con esto, que es menos malo”. Como por arte de magia, casi todos los fumadores que le escuchan hablar de su cigarrillo electrónico quieren uno instantáneamente. Ellos no lo dicen, pero en realidad piensan “si él, que es un yonqui del tabaco, lo ha conseguido, ¿cómo no lo voy a conseguir yo?”. Y así, motivados por su deseo de autosuperación, se recorren Madrid en busca de la tienda de cigarrillos electrónicos de su amigo. No otra tienda. Esa tienda (no diré la marca porque ni a mí ni a él nos pagan por ello, aunque deberían).

Y es que entre “me han recomendado un libro buenísimo”, “me han dicho que esta peli mola” o “he oído que éstos en concierto lo dan todo” transcurre la vida -y, de paso, nos tragamos unos bodrios dignos de estudio-. Así, que por favor, no subestimemos el poder del boca a boca y continuemos extendiendo rumores, que no sirven para nada bueno, pero son muy divertidos.