LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑO (Vol. 2)

No hay momento más dramático en la vida de un niño que cuando recibe la noticia de que va a tener un hermano. En mi caso no fue exactamente así, ya que cuando nací, mi hermana ya existía. Todos los adultos se compadecen del pobre niño que sufre porque ha tenido un hermanito y ya no le prestan tanta atención como antes. Pero los hermanos pequeños también merecemos la compasión adulta… a los hechos me remito.

Hoy, en “la gran responsabilidad de ser niños”, mis descubrimientos y decisiones condicionados por Sonia, mi hermana:

– Cuando comprendí la estrecha relación entre los celos y el odio.

Bueno, vale, tenía una hermana mayor y eso era inevitable, porque ella había nacido antes que yo. Pero eso no significaba que tuviera que quererla.

Recuerdo aquella vez en que mi hermana, corriendo por el salón, se estampó contra una puerta de cristal, a la que hizo un enorme agujero con la cabeza. Yo me eché a llorar porque me daba miedo que un ladrón entrara por el agujero esa misma noche. Por cierto, a mi hermana no le pasó nada.

Sonia sacaba buenísimas notas y, como fuimos al mismo colegio, pasé toda mi infancia escuchando de los profesores aquello de “Vaya, Fiteni, imagino que serás hermana de Sonia… pues a ver si eres tan aplicadita como ella” (aplicadita… es que vaya palabra. Normal que no quieras a tu hermana cuando la definen como aplicadita).

Mi hermana hacía otras cosas como comprarse una bolsa de chucherías y mordisquear una de ellas durante siglos, tiempo en el que a mí me había dado tiempo a acabarme mi bolsa y volver a tener hambre. Luego, ella guardaba el resto de gominolas en un cajón y aseguraba que “eran para luego”. Ese “para luego” nunca llegaba, así que yo le pedía que me diera una. Siempre me respondía que no, que yo tenía las mías y había decidido comérmelas porque era una ansiosa. Todos decían que si Sonia había decidido guardar sus golosinas, eran suyas y podía hacer lo que quisiera. Finalmente, la bosa acababa 4 meses después en el cubo de la basura.

La psicóloga del colegio -una señora muy rara, que nos obligaba a decidir si queríamos más a nuestro padre o a nuestra madre (y no valía decir que a los dos o que a ninguno)- nos reveló a mis padres y a mí que tenía un problema de celos con mi hermana. Nos fuimos los tres indignadísimos a casa. Mi hermana lo hacía todo mejor que yo, pero eso no significaba nada. NADA.

 

– Cuando comprendí la estrecha relación entre los celos y el amor.

Una tarde, volviendo del colegio, Sonia llevaba un carrito de esos de humillada para llevar los libros de texto. Una chica mayor (en años y estatura) le pisó el carrito y le dijo “Tú, dientes de conejo, ¿a dónde vas tan rápido?”.

Era cierto que mi hermana no me caía muy bien, que llevaba un carrito ridículo y que, además, tenía dientes de conejo. Pero eso no le daba derecho a esa idiota a decirle nada. Sentí que debía protegerla, que yo era su única salvación y que, si no hacía nada, mi hermana no volvería a casa jamás. Así que saqué mi mejor voz de pito y le dije “Eh, tú, gorda, deja en paz a mi hermana”.

Bien. Acaba de insultar a una chica que me sacaba 7 cabezas (eso tampoco era difícil porque yo soy era enana) y todo apuntaba a que iba a morir en ese preciso instante. Entonces se produjo el milagro: el semáforo en el que estábamos paradas se puso en verde, la chica soltó el carrito y comenzó a caminar.

– Gracias -dijo mi hermana.

-Es que te quiero mucho – contesté yo.

(creo que esta última conversación no se produjo en realidad, pero la he puesto para que pilléis la moraleja).

 

–  Cuando comprendí que no todos los sacrificios tienen su recompensa.

En una de nuestras continuas visitas al dentista -Sonia tenía los dientes de conejo, pero yo tenía los colmillos a 3 palmos de su sitio-, la doctora nos dio un calendario a cada una. En cada día del calendario, había una perita muy mona dibujada que sólo podíamos colorear si nos lavábamos los dientes cada noche. Tiene más sentido que la perita fuera una muela, pero yo la recuerdo como una perita feliz y con un cepillo de dientes en la mano.

Para mi hermana era fácil: se lavaba los dientes, se enjuagaba con flúor, coloreaba su perita y se metía en la cama. Yo, en cambio, sentía un cansancio terrible cuando llegaba el momento de lavarme los dientes, así que trataba de convencer a mi madre de que me dejara colorear la pera sin hacer mis deberes del dentista. Como no hubo manera, decidí que en realidad una puta pera tampoco merecía tanto sacrificio, así que mi calendario se quedó blanquito.

Además, nos dio igual tanto a la una como la otra, porque con 10 años ya teníamos todas las muelas de la boca empastadas. Yo recordaba aquellos capítulos de mi hermana con la bolsa de chucherías y pensaba “vaya, vaya, vaya … ¿a quién ha castigado por egoísta esta vez el Niño Jesús?”

 

– Cuando decidí que con imaginación la vida es más bonita

Sonia y yo dormíamos en la misma habitación. Aparentemente teníamos miedo a la oscuridad, así que nos dejaban la luz del pasillo encendida. A mí me encantaba porque, dependiendo de la cantidad de luz que entrara en el cuarto, se proyectaban distintas sombras en el techo. Jugábamos a decir a qué se parecía cada sombra hasta que una noche vimos a… PETER PAN.

No es que se pareciera a Peter Pan, no. Es que ERA Peter Pan. Yo entré en pánico (es que, además, Peter Pan no tiene sombra. Bueno sí, porque estaba en mi habitación), así que llamé a mi abuela y me llevó con ella al salón hasta que me dormí en el sofá.

Pues bien, mi hermana dice que no recuerda nada de ver a Peter Pan. Es más, no le suena de nada lo de que jugáramos a las sombras. Tampoco está segura de que dejáramos la luz del pasillo encendida. Sólo le falta decir que ella no es mi hermana.

 

– Cuando comprendí que nunca sería un ser vengativo

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Sonia, ¿jugamos?

– Ay Belén, es que no me apetece.

– Porfi.

– No.

 

– Mamá, Sonia nunca quiere jugar conmigo -yo lloraba.

– Haz una cosa, el día (hipotético) que Sonia quiere jugar, ¡pues tú le dices que no!

– No, no, no. El día que ella quiera jugar, le digo que sí.

 

*Sonia está un poco asustada por si pensáis que era una niña repelente con dientes de conejo. A ver, lo era, pero ahora es lo más y tiene los dientes preciosos.

LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑO (Vol.1)

Estos días ando trabajando como jurado de un concurso para niños de Cambridge University Press y me ha dado por pensar en este bonito momento de la vida. Bonito, pero difícil.

Y es que los niños deberían preocuparse únicamente de ser niños pero, sin darse cuenta, es durante esta tierna y dulce etapa cuando realizan los hallazgos más insólitos sobre sí mismos y toman algunas de las decisiones más relevantes de su existencia.

Yo me he dado una vuelta por mis años de niñez y he descubierto impactantes hitos que marcarían para siempre mi forma de ser…

– Cuando decidí sacarme el carné de conducir.

Ésta es una decisión que suele tomarse a la mayoría de edad, momento en que uno empieza a valorar su independencia y libertad. Sin embargo, yo no tenía más de 6 años cuando supe que el carnet de conducir sería la solución al mayor de mis problemas: EL MAREO.

Me mareaba en cualquier viaje, corto o largo; es más, ya comenzaba a sentir los síntomas por la noche, pensando que al día siguiente tenía que viajar. Una vez, vomité en el garaje y mis padres me explicaron un concepto: la sugestión. Decían que, cuando tenía que viajar, yo me sugestionaba y por eso me mareaba, pero yo no los escuché mucho porque estaba contando las bolsas que me quedaban para el resto del viaje.

Las excursiones del colegio eran mucho peores. Al fin y al cabo, mis padres me querían y habían aceptado que tenían una hija sugestionada que nunca había conseguido salir de Madrid sin vomitar. Pero mis compañeros no eran tan benevolentes. Ninguno quería sentarse conmigo, así que yo me sentaba en primera fila, detrás del conductor y al lado de la profesora -muchas veces después de haber vomitado por primera vez, a escondidas, tras oler el apestoso tufo del autobús-. Cuando sacaba la primera bolsa, la profesora, solía compadecerse de mí y hacía lo imposible por tratar de distraerme y/o ayudarme, pero yo siempre le contestaba “estoy bien, tranquila, ya estoy acostumbrada”.

Como todavía no tenía edad para conducir el autobús del demonio, opté por una solución más sencilla. Cuando nos informaban de que haríamos una nueva excursión con el colegio, yo siempre procedía de la misma manera:

– Papá, ¿cuánto se tarda en llegar a Torrelaguna? -las excursiones del cole eran UN DESFASE-.

– Una hora, más o menos.

– Vale, mañana tenemos excursión a Torrelaguna, pero no voy a ir.

Es que lo probé todo. Llegué a hacer un viaje con una aspirina en el ombligo; un bote de colonia en una mano; un limón en la otra; una cuerdecita saliendo del coche y tocando el asfalto; un chicle; música de La Década Prodigiosa a todo trapo; una biodramina en la boca y otra en el culo*. Pero nada, era inútil, así que mis viajes siempre acababan de la misma manera:

– Mamá, ¿falta mucho?

– Un ratito -daba igual lo que faltara, ella siempre contestaba “un ratito”.

– Vale, bolsa.

*¿Alguna vez os han puesto un supositorio? ¿Cuántos segundos transcurrieron desde que os lo pusieron -con la prohibición expresa de hacer caca- hasta que os saltasteis la prohibición? Abro debate.

 

– Cuando comprendí que las mentiras no llevan a ningún sitio.

En clase de gimnasia, la profesora nos contó que íbamos a hacer un nuevo ejercicio: LA CAMPANA. Puede que no sepáis lo que es hacer la campana, porque es bastante probable que la profesora se lo inventara para matarnos a todos, sobre todo a mí, ya que me tocó como pareja una de las niñas más fuertecitas de la clase (yo era la menos fuertecita).

A continuación, os presento un esquema de la maldita campana:

DolorMi compañera y yo tratamos de ensayar un par de veces, pero cuando noté un ligero aplastamiento en las vértebras, me asusté. Entonces, elaboré un complejo plan que consistía en fingir un esguince.

Mi madre me llevó al médico, quien debió de percibir mi agobio porque, tras tocarme el tobillo y escucharme un par de veces exclamar “ay, ay”, me diagnosticó un esquince, sin hacerme radiografía ni nada. Me pusieron una venda de esas que se pegan a la piel como el huevo a una sartén antiadherente.

Todo marchaba según mi plan, hasta que una noche descubrí en la ducha unas pequeñas ampollas en la piel. Al día siguiente, las ampollitas ocupaban el 98 % de mi cuerpo: tenía varicela.

Llegó el momento de quitarme la venda y reventarme todas las ampollas de la pierna -tarea que me llevó 8 días-.Además, había calculado mal mi baja por esguince y en la evulación final me tocó hacer la campana. Pensé que aquello era una especie de sanción por haber mentido –karma, ¿os acordáis?-, aunque mi abuela prefirió llamarlo “te ha castigado el Niño Jesús”.

 

Próximamente, segundo episodio de LA GRAN RESPONSABILIDAD DE SER NIÑOS. ¡Permanezacan atentos!