EL NOBLE ARTE DE SABER DECIR “NO”

Hola, me llamo Belén y tengo cara de no saber decir no. Lo sé porque soy el ser humano al que más veces paran por la calle esas simpáticas personas que se dedican a parar gente por la calle con diferentes estrategias y un solo propósito: dinero.

Puedo ser víctima del “¿Tienes 10 segunditos? Es sólo escuchar” unas 4 veces por cada calle recorrida. A veces me paran incluso dos personas del mismo equipo.

Os diría que, lejos de lo que refleja mi expresión facial, domino a la perfección el arte de decir no. Pero es mentira. Soy nula. Y ellos lo saben. Por eso juegan tan bien sus cartas.

Un día, caminando por la calle Fuencarral, me paró un chaval joven con pinta de tolai, procedente de una asociación que se dedica al apadrinamiento niños. El típico caso, estaréis pensando. Pues sí, era el típico caso del que, además, yo solía salir airosa. Pero ese día algo falló. El chico estaba nervioso, tartamudeaba, se había aprendido el guión al dedillo (“probablemente yo sea la primera persona con la que se ha atrevido a hablar” pensé) y me dio pena. El resultado fue que apadriné a un niño de trece años de Bolivia aunque había pedido a una niña de Ghana. A ver, que es perfecto apadrinar a un niño que lo necesita, de eso no hay duda, y además nos sirve para sentirnos mejores personas. Pero es que yo no tenía ninguna intención de ser buena persona ese día y, además, en ese momento ni siquiera lo hice por David (mi boliviano de trece años), sino por ese chico que estaba tan nervioso y daba un poco de penilla… ni que decir tiene que para aquel personaje que me paró por la calle, el tolai de aquella relación esporádica no fue precisamente él.

Lo único que no me cuadra de todo esto es que han pasado 3 años desde aquel suceso y David sigue teniendo trece. No sabía que en Bolivia los años duran más de mil días, tengo que viajar más.

El otro día salí a comprar arena para el gato. Era una compra aparentemente rápida e inofensiva, tan sólo debía cruzar una transitada calle comercial, coger la arena, pagarla y volver a casa… Pero nada más lejos de la realidad. Allí, en esa transitada calle comercial, estaban ellos esperando a su víctima, ésa que lleva tatuado en la frente “tú habla, que yo escucho”. En una salida de unos 15 minutos fui abordada TRES veces, así que llegué a casa una hora más tarde de lo previsto. Eso significa que cada uno de mis tres asaltantes estuvo una media de cuarto de hora soltándome la chapa a pesar de mi claro y tajante NO de entrada.

1.

– ¿Te gusta el cine?

– No, gracias… llevo prisa.

-¿No te gusta el cine?

– Sí, si me gusta, pero no quiero nada, gracias (ERROR, reponder a una segunda pregunta es abrir la caja de Pandora. Esto es de primer curso de esquivar pesados, Belén).

El chaval me acompañó hasta la puerta de la tienda de arena para gatos. Vendía una especie de cineteca online de la que ya soy socia y que, además, nunca veo porque estoy suscrita a otra más, que tienes mejores películas. Se lo expliqué y él me preguntaba si no quería mejorar mi experiencia con ellos suscribiéndome a una versión premium, más variada, más cara y más de todo. Yo le decía que no quería nada, que estaba contenta con lo que tenía (no lo estoy, se lo decía para que no se pusiera triste), y él seguía insistiendo. Pensé que la única solución sería suscribirme a la versión Premium y tratar de cancelarlo cuando llegara a casa (no es la primera vez que lo hago), hasta que recordé que esa suscripción no la pago yo.

Muy contenta con mi hallazgo, se lo solté sin pensar. Creí que él también se alegraría de poder acabar con esa absurda e intensa conversación pero, por el contrario, me escupió un “tú te lo pierdes”, dio media vuelta y se largó sin ni siquiera despedirse. Me dolió tanto su comprtamiento que tuve que esperar unos minutos en la puerta de la tienda de mascotas para recuperarme de ese mal trago antes de comprar la maldita arena de gato.

2.

De vuelta a casa, me sonó el teléfono y, al contestar, yo dije algo como “Soy Belén, te había llamado porque tenía una duda, pero ya está resuelta, gracias”.

Cuando colgué, oí que alguien me llamaba por ni nombre y yo, que tengo la mala costumbre de responder cuando alguien me llama, me giré. Una gitana muy contenta con un montón de romero en una mano se dirigía hacía mí diciendo “Belén, Belén, Belén, Beléeeeeeen”. Presa del pánico, le dije que no con la mano e intenté continuar, pero ella me dijo cosas como “no le tengas miedo a una gitana, yo no te voy a robar, sólo vengo a hablar contigo, bla bla bla” y la miré a los ojos (¡ERROR! Es básico no mirar a los ojos de la gente ¿Qué somos acaso, personas?).

Total, que ella me preguntó cuántos años tenía, decía que me echaba unos 15 o 16 (embaucadora la gitana); yo le respondí que 31; se extrañó muchísimo porque ella tenía 26 y parecía mayor que yo; agradecí el cumplido; me pidió una moneda; yo sólo tenía una moneda y se la di porque me quería ir y la arena de gato pesa como un demonio; le caí tan bien que decidió leerme la mano, pero ella no sabía, así que llamó a su hermana; yo no quería que me leyeran la mano, pero llegó la hermana; la hermana cogió mi mano y me dijo cosas de velitas y papeles y acertó más bien poco; yo ya no sonreía porque no sentía el brazo y me moría de vergüenza; ella me dio una ramita de romero y me dijo un conjuro mágico para cuando se secara; yo le di las gracias; ella me pidió dinero; yo le dije que le había dado la última moneda a su hermana; ella me dijo que su hermana no sabía y que le diera un billete, que la suerte no se paga en monedas; yo le dije que no tenía dinero y le enseñé la cartera vacía; ella me dijo que fuera a un cajero y que no quedara mal con una gitana; yo le dije “eso no se hace” y me fui caminando muy digna, aunque me temblaban las rodillas. Por último, tiré la ramita de romero a una papelera porque, con tanta tensión, se me había olvidado el conjuro mágico.

3.

Por fin parecía que mi odisea había acabado cuando una chica muy sonriente me saludó. Yo le sonreí (¡ERROR! ¿Quién te has creído que eres, un ser sociable?) y, sin ni siquiera preguntarme si tenía un minutito, me puso en la cara una increíble alarma antirrobo con sensor de movimiento y llamada directa a la policía, que antes sólo se vendía en televisión por 50 euros, pero ahora estaba rebajada a 10 euros si se la comprabas a ella.

Pensé en qué habría llevado a esa chica y a sus compañeros, que también merodeaban por allí, a vender alarmas por la calle como si lo fueran a prohibir, y me imaginé a su jefe diciendo “Nos sobra stock de este producto que no hemos conseguido vender ni a nuestras familias, salgamos a la calle, engañemos a nuestros viandantes, ¡aquí hemos venido a jugar!”. En mi mente, esos chicos jóvenes eran como los empleados de Stratton Oakmont, de la película El lobo de Wall Street*, hasta arriba de confianza y droga, dispuestos a venderles la moto a cualquier pobre desgraciado suscrito a todas las videotecas online existentes y con un mal de ojo recién echado.

*Esto no es un spoiler de la película, es el argumento. Dejémoslo claro antes de recibir amenzas de muerte.

Desesperada y con el brazo dormido, le contesté a la chica que, en realidad, me daba igual que me robaran en casa, que no había nada de valor salvo un gato que a estas horas ya se habría hecho caca encima.

 

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