QUÉ BONITO ES EL SILENCIO

Parece mentira que sea yo quien lo diga. Yo, que encuentro apasionante casi cualquier conversación. Lo cierto es que llevo un tiempo dándole vueltas a lo innecesario que es, a veces, hablar. Y no me ha pasado de repente, no. Me sucede desde que vivo con un gato. Un gato al que, aunque estoy intentando enseñarle a hablar, de momento no dice ni una sola palabra, pero se hace entender mejor que muchos informadores de nuestro país (¡oh!).

Mi gato consigue lo que quiere con una sola palabra (miau) y unos cuantos gestos, no demasiados:

1. Si tiene hambre, dice miau muchas veces seguidas y echa a andar hasta la cocina, girándose de vez en cuando para asegurarse de que le sigo. Una vez allí, sigue diciendo miau y se coloca al lado de su bolsa de comida.

Qué hambre!

2. Si tiene sed hace lo mismo, pero pronunciando menos miaus y situándose en el fregadero.

Qué sed!

3. Si quiere jugar, trae una bola de papel en la boca y la deja junto a mi pie. Si pasan tres segundos desde que deja la bola de papel y no hemos empezado a jugar, me araña y me muerde.

Qué aburrimiento!

4. Si quiere que le haga cosquillas, se tumba encima de mí y ronronea.

Cosquillitas ahí.. un poco más arriba...

5. Si ya no quiere más cosquillas, se va.

seva

6. Si tiene una urgencia mientras yo estoy en el baño (siempre), asoma la pata por la puerta, empuja con la cabeza, y araña la puerta con la otra pata.

Abre la puerta!

7. Si le duele algo, dice miau y se lame justo en el punto de dolor.

Me duele

8. Si algo le enfada o le asusta, se le eriza el pelo, pone las orejas como el tricornio de la Guardia Civil, se encorva, camina de lado y aumenta el tamaño de su rabo.

Qué susto, macho

9. Si le pasa algo de lo descrito en los puntos anteriores mientras estoy durmiendo, me da pequeños golpecitos en la cara para que me despierte.

Vaaamos

10. Si no le hago caso hace lo mismo, pero sacando las uñas.

Vaaaamos pesaaaada

Los gatos no se andan con rodeos; si algo les interesa, vienen; si no les interesa, no vienen. No gastan miaus innecesarios porque saben que sólo deben usarlos en momentos muy puntuales. Nosotros, en cambio, tiramos de expresiones manidas y de relleno cuando no sabemos qué decir. Y como este blog no se alimenta sólo, hablaremos de ellas próximamente.

TO BE CONTINUED…

(En realidad publiqué esta entrada porque quería hablar de mi gato y no sabía cómo hacerlo. Los dibujos los ha hecho él.)

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¿QUÉ FUE DEL BOCA A BOCA?

Era una mañana aparentemente tranquila. Llegué al colegio a primera hora y detecté gran revuelo entre mis compañeros. Parecían muy alterados, deambulaban de un sitio a otro y se perdían entre murmullos y risitas. Yo no entendía nada, pero acerté a escuchar palabras sueltas como perro, mermelada o Ricky Martin.

Totalmente ajena a los que decían los chicos, me abrí hueco en un grupito y pregunté, llena de curiosidad.

-¿No viste “Sorpresa, ¡sorpresa!” ayer? -me decían incrédulos, casi amenzantes.

-Sí, bueno… no hasta el final, ¡acaba tardísimo! -respondí yo.

-¡Bah! ¡Pues te perdiste lo mejor! -Y me contó aquella historia de la chica a la que le gusta untarse mermelada y de su perro, al que le gusta la mermelada que se unta su dueña, hecho del cual se entera Ricky Martin (y miles de espectadores) al aparecer por sorpresa en su casa.

-¿Pero tú lo viste? -No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar.

-Yo no, ¡pero mi prima sí!

Casualmente, no había en todo el edificio nadie que lo hubiera visto, pero todos y cada uno de ellos conocían a alguien que sí lo había hecho, así que no lo dudé ni un momento y me subí al carro. Inventé a mi persona de confianza que había seguido el programa hasta el final y me convertí en cómplice del mayor bulo de la historia de la televisión. Y así, con un rumorcito de nada, los realizadores de “Sorpresa, ¡sorpresa!” confirmaron sus sospechas: nadie podía soportar 5 horas seguidas viendo a Isabel Gemio.

Una inversión mínima para unos resultados óptimos. Eso es lo que consigue el boca a boca, también llamado boca a oreja, cosa que no entiendo, ya que se llamaba así porque iba de boca a boca (pasando por la oreja, claro está). ¿Qué motivos nos llevan a llamarlo boca a oreja? ¡Si las orejas no hablan!

Independientemente de su nombre, el boca a boca (yo lo voy a llamar así, aunque ahora me esté sonando a título de canción de reggaeton) es el canal de marketing más eficaz del mundo. Hace poco contaba mi inquietante historia sobre la elección de una aspiradora Pet Friendly pero, ¿creéis que habría tenido tal conflicto si un ama de casa de confianza me hubiera recomendado una? La respuesta es no. Mil veces no. Quiero la aspiradora de mi persona de confianza.

Sin embargo, la persuasión ejerce su mayor poder en los temas que más nos preocupan: belleza y salud. Veamos.

Con el cambio de estación, las parafarmacias y droguerías se llenan de lociones para fortalecer el cabello y pastillas anticaída. Yo, que tengo poco pelo, trataba de encontrar el mejor para mí. Entonces, mi hermana me contó que una amiga suya, que tiene el pelo como yo, se aplica unas ampollas milagrosas que ¡de verdad funcionan! Ya está. Ampollas compradas (no voy a decir la marca porque, de momento, no me pagan por ello). Y no es sólo que, como conozco a alguien que le funcionan, a mí me van a funcionar también sí o sí, sino que voy preguntando “¿No me notas más pelo?”, y la gente me reponde “Oh, sí, sí, es verdad, ¡te lo iba a decir!”. Resultado: más ampollas vendidas. El boca a boca ha vuelto a funcionar.

Continuemos, como dije, con la salud. Uno de los fumadores más fumadores que conozco (quien, por cierto, reconoció haber visto con sus propios ojos el final de “Sorpresa, ¡sorpresa!”) sustituyó el clásico tabaco por un cigarrillo electrónico, bajo el argumento de “no estoy preparado para dejar de fumar, así que lo intentaré con esto, que es menos malo”. Como por arte de magia, casi todos los fumadores que le escuchan hablar de su cigarrillo electrónico quieren uno instantáneamente. Ellos no lo dicen, pero en realidad piensan “si él, que es un yonqui del tabaco, lo ha conseguido, ¿cómo no lo voy a conseguir yo?”. Y así, motivados por su deseo de autosuperación, se recorren Madrid en busca de la tienda de cigarrillos electrónicos de su amigo. No otra tienda. Esa tienda (no diré la marca porque ni a mí ni a él nos pagan por ello, aunque deberían).

Y es que entre “me han recomendado un libro buenísimo”, “me han dicho que esta peli mola” o “he oído que éstos en concierto lo dan todo” transcurre la vida -y, de paso, nos tragamos unos bodrios dignos de estudio-. Así, que por favor, no subestimemos el poder del boca a boca y continuemos extendiendo rumores, que no sirven para nada bueno, pero son muy divertidos.

EN ESTE BOTIQUÍN ME MATÉ YO

Mujer precavida vale por dos. Eso es exactamente lo que me dice mi voz interior cuando me sitúo en un difuso punto entre la precaución y la paranoia. 

Llega el invierno y, con él, el frío, la lluvia, el viento, las noches eternas, las toses, los mocos, la fiebre y una larga lista de terribles enfermedades invernales. Pero a mí no me preocupa. Yo estoy preparada.

Mi sistema inmunológico tiene una capacidad innata para atraer gérmenes, bacterias y otros bichitos que fluyan entre mis allegados. Soy carne de cañón del contagio. El blanco perfecto de los procesos víricos. Mis centinelas del cuerpo siempre están alerta y nunca dejan de trabajar.

Podría resignarme y esperar a que pase el malestar, pero eso implicaría reconocer que soy mala enferma… y no estoy dispuesta a hacerlo. Prefiero hacer trampas; hacerme pasar por una sufridora mártir que responde con paciencia y una sonrisa a las adversidades de la salud, pero para ello necesito a MI BOTIQUÍN.

Esta historia comenzó hace mucho mucho tiempo, tras una migraña de luz apagada y pastillas de esas que te paralizan el cuerpo, pero te quitan el dolor de cabeza. Cuando me recuperé y salí a la calle, decidí llevar en el bolso uno de esos analgésicos por si volvía el dolor y me pillaba fuera de casa. Eso me hacía sentir segura y confiada. Sabía que probablemente no lo necesitaría pero, si así fuera, mis centinelas tendrían una ayuda extra.

Esa misma situación se repitió con una gastroenteritis poco tiempo después. Cuando ya no vomitaba, metí en el bolso un Primperan por si acaso. Una vez más, volví a sentirme sana, indestructible, casi inmortal. Cada vez que el malestar venía a visitarme en los momentos más inesperados, una nueva medicina se colaba en mi bolso del por si acaso: dolor de muelas antes de las vacaciones (Nolotil), apretón en un festival (Fortasec), molestias de estómago en la cena de Navidad (Omeprazol), taquicardia en mi cuarto examen de conducir (Sumial)…

La locura se extendió de tal manera que dejé de llevar pastillas sueltas y comencé a llevar blisters enteros en el bolso, porque un doble por si acaso es mejor que un por si acaso sencillo. Mi mejor amiga, consciente de mi situación, me regaló un monedero (al que más tarde bautizaría como Rasputín) en el que meter y organizar todo mi material sanador. Y ella, hija de médico y enfermera y con pública aversión a cualquier profesional sanitario que no fueran sus propios padres, se agenció otro exactamente igual. Este hecho me llenó de calma porque si mi Rasputín desaparecía, siempre habría un segundo Rasputín dispuesto a socorrerme.

Rasputín mantuvo su crecimiento exponencial hasta tal punto que en su interior convivían en armonía antiinflamatorios, tiritas y hasta mi tarjeta de intolerancias alimentarias a la que nunca hice caso porque indicaba que no debía comer un montón de cosas ricas y ESO NO PUEDE SER.

Como era de esperar, la noticia corrió como la pólvora y no faltaron duras críticas a este imperio farmacéutico ambulante en que se había convertido Rasputín. Sin embargo, todo cambió cuando aquellos que tanto censuraban mi actitud recibieron un inesperado ataque de una resaca o una mala digestión. Venían con cara de criaturas indefensas, me llevaban a algún rincón donde nadie más nos escuchara y allí me pedían, incluso suplicaban, algún remedio para su mal.

No es que me sienta orgullosa de ello, pero un breve lapso de tiempo me alcé con el título de “dealer legal”. Ya no era aquella pobre muchacha que dependía de su monedero de medicinas. Había creado necesidades y encontrado soluciones. Me había convertido en un producto estrella del marketing.

Sé que la fama no dura para siempre y que en publicidad nada es eterno, pero recordad, amigos:

rasp

*La ilustración de la mujer se la he pedido prestada a Eva Megía (www.evamegia.com), sabiendo que me iba a decir que sí. Gracias, Eva!

LA VERDADERA RAZÓN POR LA QUE ESTUDIÉ PUBLICIDAD

“Cuéntame Belén, ¿por qué decidiste estudiar publicidad?”

Otra vez esa maldita pregunta. La más temida de todas las preguntas que se pueden hacer en una entrevista de trabajo.

Todo lo que se me ocurre en ese momento es mirar fijamente a mi entrevistador y responderle en tono condescendiente: “¿Ya estamos con el temita otra vez? ¿Por qué todos queréis saberlo?”

Yo era una joven de 17 años (de eso hace ya unas cuantas reformas educativas), acababa de terminar selectividad  y antes de largarme de Madrid durante tres meses de merecidas vacaciones, debía rellenar un formulario de admisión a la universidad con doce casillas para doce posibles carreras.

Mientras cursábamos COU, vinieron a visitarnos muchos representantes de universidades y reputadas escuelas profesionales que nos dieron charlas muy interesaNOS DECÍAN QUE SU ESCUELA ERA LA MEJOR Y PUNTO. Es curioso, porque todas aquellas personas olvidaron darnos un plan de estudios, y eso significaba que debíamos decidir nuestro futuro profesional por el nombre de las carreras. Así que me puse manos a la obra.

Estudié detenidamente los nombres de todas ellas e hice una lista con los pros y los contras de cada una en mi cuaderno de decisiones vitales.  Acabé descartando algunas como arquitectura (personas pequeñas con maquetas muy grandes provocan risas) o empresariales (no me gustan los náuticos sin calcetines), y seleccionando otras como derecho (empatizaba bastante con Ally McBeal) o publicidad (flipaba con este anuncio de Play Station).

Decir que Play Station me impulsó a estudiar publicidad tampoco es una respuesta válida, así que siempre acabo diciendo cosas tan originales como “me considero  una persona creativa”, “me gusta trabajar en equipo”, “siempre tengo nuevas ideas” o “nunca me levanto a hacer pis en los anuncios” (es broma. Lo de que lo digo. Lo de que no hago pis en los anuncios es verdad). Pero eso cambió ayer. Ayer lo vi claro. Y es que resulta que ME CREO LA PUBLICIDAD.

Se me rompió la aspiradora y fui a una tienda a comprar otra. Le expliqué a la dependienta que tengo un gato y que necesito que aspire bien los pelos de gato y que, además, debe ser pequeña porque tiene que caber en el armario de la aspiradora.

La señorita me enseñó un modelo buenísimo de primera marca que, según me dijo, incorporaba una función especial para aspirar el pelo de los animales. Después me enseñó otro modelo algo más grande, que también tenía esa función especial. Vi que de esta última colgaba un etiqueta que decía “pet friendly” junto al dibujo de las huellas de un gatito, ¡justo lo que necesitaba!

Es cierto que la dependienta me había dicho que la primera hacía exactamente lo mismo pero, ¿dónde lo ponía? ¿Y si ella estaba equivocada? ¿Por qué, si era amiga de los animales, no lo decía como la otra? ¿Qué pretendía ocultándolo?

Di una vuelta por la tienda en busca de más aspiradoras con funciones especiales. Todas ellas incorporaban un letrero, etiqueta o pegatina que las distinguía del resto y les hacía sentir especiales. Algo aparentemente insignificante que conseguiría que alguien las eligiera a ellas y no a las demás.

Volví junto a la aspiradora pet friendly y pensé en la genialidad que se le había ocurrido a alguien (probablemente un copy como yo) al poner ese nombre en la etiqueta. Y la genialidad del director de arte que decidió dibujar las huellas de un gatete, por si a alguien no le queda claro o no sabe inglés.

Allí mismo, rodeada de electrodomésticos, comprendí que la publicidad funciona, que por eso no abandoné la carrera a pesar de que en cinco años nadie mencionara el anuncio de Play Station y que esa aspiradora y yo estábamos destinadas a estar juntas.

 

P.D. Al final compré la otra, la que no llevaba letrero, porque temía que la pet friendly no me cupiera en el armario de la aspiradora. Y bueno… la que elegí tampoco cabe. Caprichoso destino.

ME SUDAN LAS MANOS

Hoy es un gran día. Estreno blog.

Dicen que un blog es imprescindible para dar a conocer tu carrera profesional y, aunque no sé si estoy preparada para convertirme de la noche a la mañana en una admiradísima y renombrada estrella de las letras, la decisión está tomada.

Como buena publicista, antes de escribir a lo loco mi primera entrada en el blog, he estudiado detenidamente los canales para darlo a conocer (Facebook). Eso quiere decir que, muy probablemente, seas mi amigo o familiar y que no estás leyendo esto porque te lo he pedido por favor por favor por favor, sino porque valoras mi potencial. Bien.

Estimado amigo o familiar, quiero hablarte del karma. No del karma como doctrina, sino del karma entendido por la cultura popular, el karma de la calle. Cuentan que el karma es la energía que deriva de los actos de las personas.  Es decir, resumiendo mucho y de la forma que más me conviene, si haces algo bueno, se te acabará devolviendo algo bueno.

Espero que lo que acabo de explicar te haya quedado claro. Eso significa que estás preparado para seguir leyendo.

Quiero que, por un momento, te concentres en algo bueno que he hecho por ti. Piénsalo, seguro que se te ocurren un montón de cosas. Vamos, que tiene que haber algo, aunque sea pequeñito. No sé, quizá esa vez que fui la única que se rió de tu chiste malo, o aquella otra en que te dije que tu ex también pensaba en ti. Busca, busca, concéntrate en ello… ¿Ya lo tienes? Sigamos.

Te preguntarás por qué te he pedido esto. O, probablemente, ni siquiera te lo preguntes porque la respuesta está clara y tú eres muy listo: HA LLEGADO EL MOMENTO DE QUE ME LO DEVUELVAS. Que sé que estas cosas no se piden y que no funciona así, pero Hacienda no debió entender lo que le expliqué del karma en mi última declaración y me ha dejado tiritando esta fría y gris mañana de noviembre. Y con un gato al que alimentar.

Ahora que, además de tener lindos pensamientos hacia mí, sientes un poco de lástima, tienes todo a tu favor para devolvérmelo. “¿Me está pidiendo dinero?” estarás pensando. Pues no. Bueno, creo que no. De momento no.

Como sabes soy copy -expresado de manera cool- o redactora -expresado de manera tradicional-, freelance -expresado de manera cool- o autónoma -expresado de manera tradicional-, y tengo una página Web, belengfiteni.com, donde se pueden ver algunos trabajos que me han mantenido ocupada hasta ahora. Pero he hecho más cosas y lo importante es que ¡lo mejor está por llegar! (esto no se ha dicho nunca, ¿verdad?).

Sólo te pido que lo tengas en cuenta para que, cuando escuches frases tipo “podríamos encargárselo a alguien que escriba”, “¿conocéis a un redactor?, ¿quién puede hacer este vídeo?, o “necesitamos un naming”, en tu cabeza resuene mi nombre. Por cierto, me llamo Belén. Lo digo por si eres un desconocido que ha llegado hasta aquí por casualidad.

Gracias por leerme. Se aceptan ánimos, donativos y felicitaciones. Críticas no, al menos por el momento, que es mi primer día y me sudan las manos.